Vivir en una burbuja

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Vivimos en una burbuja, sumergidos en conceptos que otros pensaron y nos depositaron en nuestra mente. Gran parte del tiempo vivimos en un mundo falso acotados por los estrechos márgenes de esa burbuja.

por Mario Cuomo*

24 de mayo 2026

Dice Saramago: «…es verdad que podemos votar […] pero la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico , en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales y corporaciones de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia…».

Hay poderes en las sombras, porque de salir a la luz quedarían al descubierto y generarían en las personas un estado tal de conciencia que los condenaría a la disolución. Hay poderes en las sombras dentro de las religiones, los militares, los gobiernos, los laboratorios farmacéuticos, y un largo etcétera.

Las religiones nos quieren sumisos y unificados, para ello nos intentan convencer de que el dios válido no anida en nuestro interior sino afuera, es decir el que ellas inventan. Los militares ejecutan las guerras que deciden los políticos que implican fabricación y comercio de armas, los gobiernos inventan las mentiras de los relatos para mantener una clientela sufragante, los laboratorios inventan enfermedades que solo se curan con las medicinas que casualmente ellos mismos producen basados en elementos naturales que los antiguos usaban sin costo alguno. Y hay muchos poderes más de cuya existencia ni siquiera podríamos imaginarnos.

El sistema necesita seres alienados, poco reflexivos, distraídos, repetidores de pensamientos que otros elaboran. Por eso el capitalismo, que es tan solo un instrumento más de este sistema, se sustenta en seres sumisos, consumidores permanentes de productos prescindibles, corriendo detrás de necesidades inexistentes.

No percibimos cómo nuestras vidas son controladas, creemos vivir en libertad por vivir en democracias, pero en realidad estamos relegados a ser clientes -esclavos de un sistema, que bien se ocupa de que no tomemos conciencia de ello.

Pero si bien los condicionamientos están en el sistema, somos nosotros los que accedemos a que esas influencias nos penetren. Somos nosotros los que estamos distraídos, no los que manejan los hilos. Lo cierto es que, por acción u omisión, por desconocimiento o por tendencia maliciosa hacia determinados fines, somos responsables del estado de la sociedad en que vivimos.

Si estuviéramos más atentos, tal vez nos daríamos cuenta de que alrededor del 80 % de nuestros pensamientos no son propios, y dejaríamos de repetir las ideas y lugares comunes que nos meten en nuestra cabeza a través de la educación, la prensa y los opinadores seriales.

Vivimos en una burbuja, sumergidos en conceptos que otros pensaron y nos depositaron en nuestra mente. Gran parte del tiempo vivimos en un mundo falso acotados por los estrechos márgenes de esa burbuja.

Es lógico que si andamos por la vida plenamente convencidos de que lo que pensamos es propio, y lo que opinamos es ley, no resulta difícil para los poderes, siempre atentos y alertas, poner en nuestro pensamiento pautas que van a implicar conductas que creemos son basadas en nuestras propias decisiones, cuando en realidad actuamos como autómatas bajo controles que a través de nuestra propia mente nos imponen desde afuera.

No somos conscientes de todo esto porque vivimos en el pasado o en el futuro, nunca en el presente.

Tal vez sea hora de «despertar» y empezar a cuestionar una buena parte de nuestras convicciones.

Aceptar, no solo de palabra, que nuestra verdad no es la única e indiscutible verdad, que nuestros juicios acerca de los demás pueden estar equivocados, y que lo que creemos que es la felicidad ni se le asoma a la realidad.

Mejoremos el poder de nuestra participación para que una nueva actitud signifique votar periódicamente, no cada cuatro años, solo para cambiar un gobierno, sino para cambiar la sociedad empezando por nosotros mismos.

* Escritor y licenciado en economía por la UNC.