Un frío y ventoso día de junio de 1985

Ilustración: Marcos Singer
El cortejo fúnebre deja la calle arbolada de la Colonia Neuropsiquiátrica del pueblo de Oliva. Componen el escueto cortejo: el furgón con un par de coronas y el muerto, el auto de la empresa de pompas fúnebres con ayudante y chofer, la viuda del fenecido y su hijo, y un modesto vehículo del joven médico Buenafuente con el médico.

por Marcos Singer

06 de diciembre 2025

El cortejo fúnebre deja la calle arbolada de la Colonia Neuropsiquiátrica del pueblo de Oliva.
Componen el escueto cortejo: el furgón con un par de coronas y el muerto, el auto de la empresa de pompas fúnebres con ayudante y chofer, la viuda del fenecido y su hijo, y un modesto vehículo del joven médico Buenafuente con el médico.

Ya a la salida aceleran al tomar por la izquierda hacia el sur de la nacional 9, y al llegar a unos 2 Km, en un giro a la derecha, de un modo molesto en extremo, aceleran a ridícula marcha por una calle de pozos de tierra, alborotando con el ruido y con el polvo a una veintena de pájaros y desde allí, unos 15 minutos de un ronroneo de vehículos y un viento empeñado y terroso y, al mirar hacia atrás, un tránsito indiferente de Córdoba a Buenos Aires y en viceversa.

En el cementerio, las personas son pocas para trasladar el mortuorio cajón, y echan una mano un par de sepultureros extrañados de siempre cargar un cajón normalmente construido y bien lustrado; que en este hubiese  —en el medio del cajón— otro cajón, un cuadrado cajón sobre el rectángulo de todo común cajón, dando la impresión de un ataúd embarazado; ese raro cajón (que alguna explicación ha de tener, te es dado a pensar) que si bien promueve alguna risa irresoluta, inquieta hasta al más reservado y prudente presente.

De modo que en esta rara circunstancia y sin decir palabra, a unos 80 pasos apoyan el sarcófago en un par de maderas sobre el abismo de una última morada; los enterradores desde las roldanas que cuelgan, desde unos trípodes, lo enlazan con unas sogas, se hacen atrás y esperan… y esperan y esperan y siguen esperando a que alguien, un alguno de esos pocos algunos, exprese al menos unas honrosas palabras. Los ojos de los presentes inquieren, y no habiendo ministro ni persona que se atreva a comentar o expresar algo; el galeno Buenafuente adelanta un par de pasos y balbuceante intenta una idea, una cosa, sonidos guturales como unas palabras de homenaje póstumo diciendo apenas perceptible: «dos líneas inconmensurables de poderosas surcaron tu espacio de locura, amigo, y de haberse… de algún modo… en algún punto encontrado… tal vez…».

Y el tal vez flota una larga levedad, y al igual a lo ocurrido con el estrambótico sarcófago, se estrella en la incomprensión de los presentes. Siente el galeno el enorme ridículo, se pone rubicundo, clava la vista al piso y retrocede. El chofer y ayudante con la indiferencia de lo cotidiano; apuran a retirar el par de maderas, al mismo momento que los sepultureros, con las cuerdas levantan el ataúd para desde allí bajarlo al hueco final en la tierra arcillosa, arenosa, insípida, fatal, neta y oscura. La señora pensativa, ausente y abstraída de lo cavado toma un puñado de tierra y lo deja escurrir en una larga y lenta demorosa caída, y luego cubre sus ojos con unos anteojos parduzcos, y como una Greta Garbo en retiro, gira hacia el vehículo y se hunde en el asiento trasero.

El hijo tira una palada de tierra sobre el féretro ridículo y vergonzante de su padre, y se la cede al médico. Terminada la ceremonia el polvo y los pájaros y el furgón y el par de autos como en una cinta que gira en reversa; de espaldas desaparecen tan rápido como vinieron; los sepultureros se alejan riendo a carcajadas indecorosas, y sobre el agujero el viento, por siempre el viento. Y en lo profundo del hueco Gardel, Manzi, Le Pera, los hermanos Discépolo y muchos otros camaradas le dan la bienvenida al fenecido compañero. Y aunque transcurre tiempo y mitad de tiempo, sin que alguien a la redonda que disponga de buen ánimo, que de una buena vez por todas y para siempre, acuerde en tapar la sepultura.
Y las raíces que crecen de la expuesta sepultura; las lugareñas se persignan y atestiguan que son las mismísimas raíces que sujetan al cielo.

Mientras los lugareños sostienen que para vivir alegres y felices, como el estrafalario del entierro, de esta jodida vida hay que irse nomás… hay que irse nomás… porque dicen que se oyen fiestas, aplausos y risas, en el cajón del muerto. En fin, cosas de locos.