Sensatez: el fin de las certezas

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Hubo un tiempo, allá por la década del sesenta, en que la vida parecía sostenerse sobre certezas inamovibles. El mundo se presentaba como un tablero de ajedrez moral, con piezas claramente identificadas.

por Mario Cuomo (*)

20 de diciembre 2025

La era dorada de la ingenuidad

Hubo un tiempo, allá por la década del sesenta, en que la vida parecía sostenerse sobre certezas inamovibles. El mundo se presentaba como un tablero de ajedrez moral, con piezas claramente identificadas.

Nos asustaban con el comunismo, y nosotros estábamos seguros de que los rusos eran los malos y que los buenos eran los capitalistas del norte. No había matices: el comunismo era malo, el capitalismo bueno.

También los alemanes cargaban con el estigma del mal, mientras que Estados Unidos, vencedor de la Segunda Guerra Mundial, mostraba sus triunfos a través del cine y la televisión. Quienes vivimos esa época no olvidamos la serie Combate, paradigma de héroes sin fisuras.

En esos años no había dudas sobre quiénes eran los honestos y decentes, y quiénes los malvados. La televisión funcionaba como un espejo de conductas irreprochables, casi perfectas, con familias ejemplares como la de Bonanza o los Ingalls. El cosmos era simple; la distribución del mundo, un mapa nítidamente delineado.

El despertar y la niebla de los relatos

Pero el tiempo es un disolvente. Quienes transitamos esa época fuimos despojados, lenta pero implacablemente, de nuestra inocencia. Con cada despertar, aquellas certezas se diluyeron. Descubrimos que los medios no describían el mundo: lo empaquetaban. Eran «paquetes perfectos, cerrados, con una cinta y un moñito rojo».

Así se reveló la ficción detrás de aquel universo predecible, forzándonos a ver lo que había tras bambalinas. El mundo real resultó ser una aberración de aquellos moldes prístinos. Desarrollamos una nueva conciencia que nos negó el descanso en certezas cómodas. El presente se volvió un territorio de bordes confusos, márgenes imprecisos que impedían distinguir con claridad los contenidos.

Hoy la realidad no se describe: se fabrica. Y se fabrica, sobre todo, en nuestras mentes, dejándonos la angustiosa sensación de no saber nada de nada.

Basta observar el año 2024 para comprender cómo operan estos relatos. Durante la guerra entre Rusia y Ucrania, plataformas enteras debieron etiquetar o retirar contenidos virales falsos. Memes, videos manipulados y titulares sensacionalistas moldearon la opinión pública con más eficacia que los comunicados oficiales.

La polarización política, amplificada por algoritmos que privilegian lo que indigna, genera realidades informativas prácticamente incompatibles. Las discusiones públicas, que podrían ser racionales, degeneran en choques de certezas irreconciliables. Cuanta más emocionalidad y menos análisis, mayor es el poder distorsionador del relato.

La distopía del factor humano

Vivimos una nueva era, y los conceptos heredados se han vuelto incapaces de explicar lo que sucede. El presente se transforma a una velocidad que desborda cualquier marco de comprensión. Pretender analizar esta realidad con los latiguillos del pasado es encerrarse en la prisión de nuestros prejuicios: cómodos, sí, pero inútiles.

Si lográramos desprendernos de nuestra subjetividad y razonar con un mínimo de honestidad intelectual, veríamos que el verdadero problema del mundo es el factor humano. Habitamos una distopía en la que las ideologías son apenas un decorado.

La mayoría de quienes nos gobiernan —con honrosas excepciones— no son idealistas ni estadistas. Muchos rozan la psicopatía funcional: individuos sin empatía, expertos en disimular su hipocresía tras discursos ensayados y sonrisas calculadas. Han impulsado tecnologías de guerra cada vez más sofisticadas, pero mantienen atrofiadas sus conciencias.

La barbarie se incrementa mientras persiste la convicción de que el verdadero poder reside en el arsenal atómico. Los grandes bloques del mundo se arman en nombre de «la paz».

Un llamado a la sensatez

Los que somos testigos de este nuevo mundo —que no es sino el anterior en versión agravada— ya no podemos interpretarlo mediante los viejos parámetros: izquierda, derecha, comunismo, socialismo, capitalismo. Todo está mezclado, no existen realidades puras.

El desafío no es reivindicar o cuestionar los acontecimientos que los medios nos venden, sino atreverse a observar con una mente nueva un mundo nuevo. Un mundo complejo, irreductible a consignas.

Ojalá que la sensatez —esa virtud rara y silenciosa— que evidentemente no tienen los líderes mundiales, la tengamos nosotros, los ciudadanos de a pie del mundo, al momento de elegirlos, en tanto se pueda, con la valentía de cuestionar, antes que nada, nuestras propias certezas.

(*) Escritor y Lic. en economía, egresado de la UNC.