por Milan Iván Viscovich
11 de abril 2026
Sí, sí… no es casualidad, a mi modo de ver, el incremento en los últimos 20 años de la posición subjetivista del «malestar». Qué es este «malestar»; este inefable sentimiento que en el pensamiento kierkegaardiano se denomina «angustia» «¿Angustia de qué?», preguntaba Søren: «angustia de nada» … era su respuesta. Tanto la angustia de Kierkegaard como el sentimiento de culpa judeocristiano, aunque no sean exactamente lo mismo, son, en todo caso, utilizando una categoría del marxismo, formas de alienación del sujeto en sí que no encuentra su posición en el para sí del ser social [Lukács]. En fin, ya lo sabemos bastante bien: desde el je pense, donc je suis cartesiano —y mucho antes —, pasando por Kant y el alquiler del «piso de arriba» —debido a un desconocimiento fáctico del inquilino —, hasta el martillo [o maza] nietzscheano y nuestro mundo actual, la subjetivación fue un proceso… yo diría, necesario o inevitable. Si la epistemología parte del sujeto, no podemos esperar que este se fije con algún interés en lo objetivo-real: la capacidad de asombro de la Era Clásica se va perdiendo hasta convertirse en una introspección «radical». Entre los siglos XVII y XIX la filosofía [luego serían las ciencias] tuvo como objetivo consciente o inconsciente separarse de la teología para concentrarse en su propio en sí gnoseológico; en el XX y XXI le tocó a la ciencia y a la técnica alcanzar la mayoría de edad e independizarse de la filosofía… el proceso del en sí se iba agudizando cada vez más. Ahora bien, ¿qué efecto produjo esto en el sujeto?, un sujeto de por sí mimético y deseante en grado máximo [Girard]. El sujeto se cierra en sí mismo, pierde el contacto objetivo con la otredad; ya no hay conexión con el afuera: el sufrimiento es inevitable porque el sujeto necesita, como el pez el agua, de la otredad, del otro, la conexión con el ser social que le dé un sentido teleológico-substancial a su existencia, de lo contrario se produce el «vacío», «la angustia a la nada», «el malestar». Pero este malestar que, en líneas generales, suele ser muy banal, debe ser exteriorizado por el sujeto como si fuese un «fetiche», cobra la categoría de fetiche que hay que mostrar a la comunidad para llamarla a que se dé vuelta y nos preste atención. Es la paradoja de este repliegue del sujeto en su en sí que, egoístamente, necesita del ser social para la construcción integral de su personalidad, y al cual a su vez rechaza por su propio yoismo que no lo deja superar, como diría Lukács, su en sí y alcanzar, finalmente, su para sí de sentido vital en la sociedad.