Por Agustina Bustos (*)
1 de noviembre de 2025
Cuando era chica siempre iba a jugar a la casa de la abuela de mi mejor amiga, Lucía. Vivíamos en el mismo barrio y todavía me acuerdo de la sensación rara que experimentaba cada vez que pasaba cerca de esa habitación y lo escuchaba llamándome, aun así, seguía yendo casi todas las tardes. En cierta forma morbosa me gustaba, me atraía. Lucía parecía no darse cuenta de nada, o capaz no quería darse cuenta. Las veces que traté de hablar con ella sobre el tema se hacía la tonta, miraba para otro lado y me hablaba de otra cosa, o agarraba los colores y se ponía a dibujar. Parecía más chica que yo, a pesar de que teníamos la misma edad, tal vez era por su torpeza y por los pequeñísimos pasos que hacía cuando caminaba, como si no quisiera hacer ruido, como si su abuela durmiera la siesta y no la quisiera despertar, pero ella no dormía.
Lucía no quería ver que en la casa de Marta desaparecían cosas de manera extraña, como mi cartuchera de lata de tres pisos o su muñeca favorita. También estaba lleno de bichos, que lejos de estar en el patio, siempre se encontraban en el pasillo donde se hallaba la puerta hacia ese cuarto. La gente del barrio caminaba rápido cuando pasaba por el frente de la casa de Marta y los adolescentes habían hecho pintadas afuera. Nadie se había molestado en taparlas, servían, quizá, como advertencia.
Vivíamos en un pueblo, lo que implica que todos conocían a todos y todos sabían lo que todos hacían. Si la de la vuelta engañó al marido con su cuñado, si el del kiosco está peleado con el hermano por la herencia, si el de la casa del lado apostó y perdió todo el sueldo en las carreras de caballos. A la gente le encanta la miseria ajena, les gusta regocijarse pensando que a ellos nunca les va a pasar; como cuando hay un accidente de tránsito y todo el mundo se para y mira, es feo ver un cuerpo tirado en el piso y tapado con una bolsa, o un auto destrozado, pero un poco lo querés ver. La fascinación por el horror la llamaba Marta.
Se sabe lo que se dice de los lugares así, pueblo chico, infierno grande. Ahí todos conocían a la abuela de mi amiga y aunque no lo quisieran admitir, todos acudían a ella una que otra vez, pero después la destrozaban en sus cuchicheos diarios de vecinas y la miraban mal cuando iba al supermercado o a la verdulería. Les recordaba sus pecados, sus peores miedos, sus más grandes miserias. En su espalda encorvada por los años parecía pesar el mote que le habían impuesto: bruja. Sin embargo, creo que no le importaba mucho, la verdad es que nunca se lo pregunté, pero sí le pregunté por la pintura. No directamente, no con palabras.
Marta nos hacía la chocolatada todas las tardes, no me gustaba mucho cómo la preparaba, demasiada azúcar le ponía y nos daba un budín pastoso, un poco crudo. La verdad que la cocina no era lo suyo, ciertamente no cumplía con el estereotipo de abuela. Nunca supe por qué mi mamá me dejaba pasar tanto tiempo en su casa, ella sabía lo que se decía, aunque trabajaba muchas horas y siempre fue un poco irresponsable. No sabía bien cómo controlarme o cómo tratarme y en el fondo sabía que prefería que me fuera, cosa que jamás iba a decir en voz alta.
Yo a Marta la quería, no era como los otros viejos que se quejan de todo, que sólo hablan de enfermedades o del amigo que se murió, o se dicen que en sus épocas todo era mejor y te tratan con esa falsa experiencia que deberían brindarles los años vividos. Ella sí tenía experiencia de verdad. Hacía todo tipo de trabajos, no se hacía la bruja blanca, ni la bruja buena, ni la abuelita tierna. Me gustaba que usara sus poderes para cosas malas, me parecía mucho más interesante que pudiera destruir vidas siguiendo solamente algunos pasos. Creo que siempre fui un poco cruel en el fondo y ella lo supo mucho antes de que yo me diera cuenta.
Su casa era gigante y antigua, entrar ahí era como entrar a un sitio detenido en el tiempo. Todo daba la impresión de estar cubierto por una fina capa de polvo, que lejos de ser negativa, parecía ser protectora, como si cualquier simple ser que se detuviera, por más ínfimo que fuera, pudiera ser aniquilado al instante. Había muchas habitaciones, todas, excepto una, tenían una alfombra suave, color bordo oscuro, como de terciopelo. En mis tardes de juego con Lucía corríamos por toda la casa, fingíamos ser heroínas y detectives, nos metíamos por cualquier hueco que encontráramos. Aunque sin decírselo a mi amiga, yo siempre evitaba el pasillo de la habitación donde él me llamaba; porque no quería que me llamara y me dijera cosas, porque yo quería hacer esas cosas, pero sabía que no podía, que eran cosas malas. Igual me gustaba estar cerca y saber que él estaba a unos metros y que podía llegar a mí.
Este cuarto era el único prohibido en toda la casa, el único cuya puerta siempre estaba cerrada con llave. En mis días de mayor curiosidad, yo le solía pedir a Lucía que le robe la llave a su abuela y que entremos, pero como siempre que iba más allá de los límites, ella se hacía la tonta. Salvo por aquella vez, ella parecía estar poseída por algo, no tenía su actitud quedada de todos los días, ese día me mostró la llave. Yo le pregunté cómo se la había quitado a Marta y me dijo que no tuvo que hacerlo, que su abuela la había olvidado arriba de la mesa donde siempre merendábamos. Eso nunca había pasado antes y hoy sé que no fue un olvido, ni mera casualidad.
Ese día entramos al cuarto, Lucía parecía decidida hasta que abrió la puerta, al abrirla se quedó paralizada, agarrada del picaporte. Yo pasé de largo, estaba obsesionada con entrar ahí hace años. Había de todo, pero lo primero que vi fue el cuadro. Era él, el nene que llora. Creo que estuve un rato largo parada mirándolo, por primera vez podía ponerle rostro a esa voz que desde hacía tanto tiempo me llamaba.
Después de un rato mi atención se dispersó y fue a parar a las velas negras, grandes y gruesas, algunas de ellas ya estaban usadas. También había whisky, habanos y pururú, hoy sé que son elementos que se utilizan en ciertos rituales. En distintos recipientes había huesos, algunos grandes y otros pequeños, recuerdo que me pregunté si eran de animales o de humanos, esperaba que fueran de los segundos. Lucía seguía clavada en la puerta mientras yo revisaba y tocaba todo. Había muñecos cosidos, algunos con pelo adentro, otros con uñas, otros con pequeñas cosas puntiagudas clavadas en determinadas áreas. También había fotos de varias personas, a algunos pude reconocerlos, eran del pueblo. Las fotos estaban colocadas delicadamente al lado del trabajo que correspondía a cada una de ellas. Traté de hacer memoria para saber si a alguno le había pasado algo malo cuando vi la foto de Héctor, un compañero del colegio. A veces él molestaba a Lucía con su grupo de amigos cuando estábamos en cuarto grado, en quinto dejó de ir, empezó a estudiar en su casa porque estaba muy, muy enfermo. Ahora ya nadie la molestaba, ¿será? me pregunté en ese entonces, no me creía que un montón de velas y un mechón de pelo pudieran hacer algo así.
Esa no fue la única vez que entramos, la llave aparecía y desaparecía, los días en los que aparecía daba la casualidad de que justo Marta debía hacer alguna compra y nos quedábamos solas para poder entrar. Mucha de esas veces me quedaba conversando con el nene que llora, Lucía no nos escuchaba. Después de nuestras incursiones ella siempre parecía afectada, estaba muy cansada y ya no quería jugar. Yo no entendía por qué. Algunas veces me robaba cosas de Marta, cosas que él me decía, frasquitos con líquidos raros, estampitas de santos paganos, velas que pensaba que podían pasar desapercibidas.
Una noche en mi casa prendí una de esas velas, puse unas estampitas alrededor y dejé a su lado un mechón de pelo de Catrina, una chica del colegio a la que detestaba por motivos bastante tontos. Deseé con todas mis fuerzas que le pasara algo malo: que la pise un colectivo, que se muera su gato, que su casa se incendie, cualquier cosa. Al otro día fui al colegio emocionada esperando presenciar los resultados de mis manifestaciones y me decepcioné al ver que no había pasado nada. Esa tarde Marta llamó a mi casa y me pidió que la fuera a ver. Antes de salir, tomé eso que él me dijo del cajón y lo guardé en mi mochila.
Después de tocar el timbré abrí mi mochila como él me pidió y lo puse entre mi mano y el buzo. Me acuerdo que era mi buzo preferido, era lila y tenía una mariposa grande en el centro, después de ese día ya no lo pude usar más. Al cruzar por la puerta sentí que un temblor frío me recorría todo el cuerpo, sabía que esta no era como las otras veces.
Marta me recibió. Lucía no estaba, pero eso no me llamó la atención. Me agarró suavemente de la mano, me llevó hasta el cuarto donde se hallaba la pintura y me dijo: «dale, pregúntame lo que me querés preguntar». Todo el tiempo en el que me mantuve en silencio, escuchaba cómo él me susurraba cosas y pude ver cómo la pintura se movía, se ensanchaba o la pared se achicaba, no sé bien, mareaba un poco la verdad y tuve miedo, pero sabía que Marta no iba a dejar que me pasara nada, porque yo era valiosa para ella, porque lo escuchaba.
«¿Querés saber qué hace esa cosa?», me dijo. «Sirve para hacer magia negra, pero eso ya lo sabés»; siguió hablando sin que yo respondiera, y me contó toda la historia: «la pintó un italiano que participó en la Segunda Guerra, a él le gustaba pintar niños llorando, tenía toda una serie de cuadros así, pero este es distinto, se ve que le gustaba ver a los nenes sufriendo, no puedo culparlo. Las malas lenguas dicen que hizo un pacto con el diablo para alcanzar la fama y que le salió caro. En los años ochenta comenzaron a suceder algunas tragedias ligadas a las pinturas, se incendiaban las casas y las pinturas quedaban intactas, los dueños morían incinerados. También pasaban otras cosas raras, aparecían insectos como gusanos, moscas y cucarachas cerca de ellas. Las familias empezaban a actuar de manera extraña, padres amorosos que se volvían violentos y golpeaban a su esposa y a sus hijos, aunque bien sabemos que los hombres no necesitan de este cuadro para cometer actos, incluso peores. En esa época hubo una quema masiva de estas pinturas, empezaron a decir que traían mala suerte y que sucedían cosas paranormales a su alrededor. Podría decirse que se transformaron en una leyenda urbana. Pero la gente se olvida de estas cosas con el tiempo y es así como terminan sobreviviéndonos a todos. Este es uno de los originales, posee energías muy oscuras, que me ayudan a llevar a cabo mis trabajos. Por eso los míos funcionan y el tuyo no, porque no podés depender solamente de lo que deseás que pase. Necesitás que algo así te ayude a concretarlo, ¿me entendés chiquita?».
Yo no paraba de mirarlo, estaba maravillada, nunca me había sentido así, tan viva. Marta siguió contando: «pero no es gratis esto, lo malo que haces se te vuelve en cierta forma, tenés que dar algunas cosas a cambio y a veces no es fácil. Si querés que lo que pediste se cumpla lo tenés que escuchar al nene y darle lo que te pide». Ella siguió hablando, pero en ese punto yo ya había dejado de escucharla y me fui acercando cada vez más a la pintura. Marta se dio cuenta de que pasaba algo raro e intentó frenarme, pero ya era tarde. Me acuerdo que me di vuelta mucho más rápido de lo que podría una nena de doce años, saqué el cuchillo que tenía en la manga del buzo y le corté el cuello, fue un tajo limpio y yo nunca había cortado a nadie. Me lo había imaginado muchas veces cuando el nene me hablaba, pero nunca lo había hecho de verdad. La miré mientras estaba en el piso, es verdad que lo feo es llamativo, todavía me acuerdo de esa imagen y muchas noches la sueño.
Después fui al living como él me dijo y levanté el teléfono, la llamé a Lucía, le pedí gritando que venga rápido, le dije que tenía un problema. La pobre no lo vio venir, ella nunca lo pudo escuchar, no era especial. Y ahora después de tantos años, necesito contar esto, porque el nene que llora está en el pasillo de mi casa y hoy tuve la certeza de que mi hija también lo escucha. Su futuro ya está marcado, al igual que el mío.
(*) Escritora cordobesa. Profesora y Licenciada en Letras , egresada de la UCC.
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