Nada está realmente abandonado

Por Daniela Folonier. Artes Visuales. UNC.
El Hotel Inminente se encuentra en la capital de la ciudad de Córdoba, en la calle La Rioja al 556, a la vuelta de la casa de mi amiga. Es lo que muchos llamarían un edificio centenario, con una hermosa fachada antigua, pero cayéndose a pedazos, con la pintura descascarada y algunos rincones muy peculiares: la esquina en donde está colgada una cabeza negra con cuernos, la frase escrita en una pared «me invoco en todos los tiempos», las escaleras cuyo acceso está cerrado, rodeadas de una cinta de peligro y llenas de excremento de paloma. Escaleras que invitan a pasar a descubrir lo que se esconde arriba.

por Agustina Bustos (*)

08 de noviembre 2025

«La casa parece sonreír. Los dos ojos cerrados, las ventanas tapiadas con ladrillos, le dan un aspecto antropomórfico, pero además los chicos del barrio que mueven la cadena y su candado en intentos inútiles de abrir la puerta principal, a veces los dejan colgando de tal manera que parece una boca en semicírculo, la sonrisa entre los ojos ventana».

           Mariana Enriquez

I

El Hotel Inminente se encuentra en la capital de la ciudad de Córdoba, en la calle La Rioja al 556, a la vuelta de la casa de mi amiga. Es lo que muchos llamarían un edificio centenario, con una hermosa fachada antigua, pero cayéndose a pedazos, con la pintura descascarada y algunos rincones muy peculiares: la esquina en donde está colgada una cabeza negra con cuernos, la frase escrita en una pared «me invoco en todos los tiempos», las escaleras cuyo acceso está cerrado, rodeadas de una cinta de peligro y llenas de excremento de paloma. Escaleras que invitan a pasar a descubrir lo que se esconde arriba.

En los años sesenta fue un hogar sacerdotal que se comunicaba con la parroquia Cristo Obrero cuando su párroco era Enrique Angelelli.

Se dice que en esos años también vivió allí el padre Sandro, quien era muy querido por los demás miembros del hogar. Hasta que un día comenzó a actuar de manera extraña. Murmuraba cosas inentendibles como si hablara con alguien mientras caminaba, se alejaba de los sitios concurridos de la edificación y se iba a habitaciones vacías donde pasaba horas y horas como si no estuviera realmente solo. Dejó de comer y empezó a quedarse en esos cuartos oscuros todo el tiempo. Básicamente se dejó morir. Algunos comentan que algo le pasó, que se encontraron unos diarios, supuestamente escritos por él, donde contaba con lujo de detalles que en una de esas habitaciones había algo y se repetía muchísimas veces la frase «está vivo». Brindaba ciertos datos, como que era un cuarto pequeño casi al fondo del hotel utilizado como depósito.

No debería sorprendernos que algo siniestro se esconda en un lugar que supo ser santo. Cientos de películas nos recuerdan que existe un horror religioso, que el terror se mete entre los recovecos de aquello que se parece a lo humano. Ver a un cura o a una monja por la calle hace pensar más a una película de exorcismos que a la idea de una misa tradicional. Sus vestimentas siempre me parecieron oscuras y lúgubres. Al igual que sus supuestas vidas iluminadas.

II

Este lugar, que hoy llamamos hotel tuvo luego varios destinos: hasta el 2012 funcionó una escuela que estuvo a punto de ser demolida. La escuela se cerró por problemas edilicios, pero se rumorea que murieron algunos niños. Se dice que algunos alumnos de entre trece y catorce años escucharon en la clase de historia que a veces en las construcciones antiguas se escondían pasadizos secretos. Por ejemplo, toda la manzana jesuítica está conectada por túneles que se han utilizado para escapar, para ir de un edificio a otro sin ser visto. Los alumnos no salían de su asombro y una idea asomó automáticamente en sus cabezas, como si algo estuviera haciendo un gran esfuerzo para que eso pasara. Un pasaje secreto estaba escondido en su escuela y ellos eran quienes iban a encontrarlo.

Cuando terminaron con sus clases, cuatro de ellos, Fran, Fede, Rodri y Oscarcito se escondieron en una pequeña habitación del fondo, donde se guardaban productos de limpieza y unos extraños diarios que desentonaban entre la lavandina y la mopa, e hicieron mucho silencio. Esperaron hasta no escuchar ningún ruido y fueron a explorar. Fran salió primero, él siempre era el líder, los demás lo siguieron. Rodri era el que más miedo tenía y el más chico de los cuatro. Hicieron las cosas que haría cualquier niño encerrado de noche en una escuela: gritaron, corrieron, se empujaron y jugaron a asustarse. Fede se hacía el tonto y comenzó a contar historias de terror mientras se alumbraba la cara con una linterna. Narraba un relato medio bobo sobre unos chicos que se portaban mal, mentían y por eso venía un monstruo y se los comía. Les dijo a sus amigos que eso le contaba su madre para que se portara bien, pero que nunca funcionó.

Mientras Fran se burlaba de los métodos de crianza de la madre de su compañero, Oscarcito inspeccionaba los pisos de una de las aulas para encontrar ranuras. Cuando de repente la vio: una puerta escondida en el piso de madera. Les gritó a los otros que fueran rápido. Sus compañeros llegaron corriendo y al verla comenzaron a gritar que ya lo sabían, que ya lo sabían. El que la encontró trató de abrirla, pero no pudo. Todos, menos Rodri, comenzaron a meter sus dedos por las ranuras de los costados, pero nada servía. Rodri no quería que abrieran la puerta, tenía un mal presentimiento, pero no se animó a decir nada por miedo a las burlas de sus amigos.

A Oscarcito se le ocurrió ir hasta el comedor y traer un cuchillo para meterlo y poder destrabar la puerta. Funcionó. La puerta era un cuadrado pequeño de un metro por un metro. Hacia abajo todo se veía negro. Sintieron escalofríos, pero ninguno se atrevió a decirlo. No querían ser calificados como cobardes. Empezaron a preguntar quién bajaría primero. Nadie se ofreció, así que Fran empujó a Rodri hacia el agujero. Se escuchó un ruido seco. Los otros se desesperaron y comenzaron a llamarlo por su nombre; sin embargo, no respondía. Oscarcito se tiró para ayudarlo. Fede y Fran ya no lo escucharon más y saltaron. Cuando el último entró, la puerta se cerró detrás de él.

III

Dos señores pasan caminando por la calle La Rioja, hablan del clima, de cómo salió el último partido de Talleres y de lo caro que está todo. Uno empieza a mirar hacia un costado y deja de contestarle a su amigo.

—¿Qué te pasa Pancho?

—Mirá esa casa.

—No es una casa. Es mucho más grande. Ocupa casi toda una manzana, aunque no parece.

—No me refiero a su tamaño, parece que tiene cara.

—¿Qué?

—Sí, mirá, es como si sonriera.

—Parece que fumaste lo mismo que esos que están entrando ahí -dijo mientras señalaba a los artistas y a los jóvenes que iban a la muestra- dejá de hablar boludeces.

—En serio me pareció ver algo.

—Con esa cara parece que hubieras visto a tu señora.

—¿En serio no te genera nada?

—Qué me va a generar un edificio venido abajo, me parece que vos te estás juntando mucho con tus hijas. En cualquier momento me empezás a hablar de astrología y de Mercurio retrógrado.

Los dos siguieron caminando como si nada; Pancho no quiso insistir más, pero se quedó pensando.

IV

Como en toda edificación antigua, las habitaciones del hotel rodean distintos patios. En el primero, con el que nos topamos al cruzar la entrada, hay algunos grafitis que se nota que fueron realizados en distintos momentos, hay stickers raros y un poco despegados, baldosas rotas. También se hallan otras escaleras que dan a un entrepiso, que no es muy alto, con algunas ventanas muy pequeñas, todas distintas, pero opacas, algunas cubiertas por maderas torcidas y llenas de clavos. Ninguna deja observar qué hay del otro lado. Si uno se para en el patio casi siente que puede tocarlo.

«Ahí fue donde escuchamos el ruido». El edificio estuvo abandonado, ocupado por personas sin vivienda y a punto de ser tirado abajo, pero como alguien que se niega a morir volvió a ser habitado, esta vez por distintos artistas. «Ese fue el motivo que nos llevó ahí a mí y a Nancy».

El lugar parece vivo, siempre logra encontrar la forma de que las personas vuelvan a él. De reinventarse y hacer que crucen las puertas y caminen por los grandes pasillos. Al entrar, es notorio el contraste entre lo roto y lo despintado, que nos recuerda a la muerte, y los helechos que cuelgan y que encuentran la forma de crecer entre las grietas como en todo lugar abandonado. Pero estos sitios muchas veces nos muestran que nada está realmente abandonado.

La primera vez que atravesé sus puertas me resultó llamativo, sobre todo porque había una muestra de arte. Me pareció un poco raro que tanta gente se congregara en un sitio digno de protagonizar una película de terror o las típicas leyendas de barrio. Aunque en ese barrio había varias casonas antiguas en las vivió mucha gente y en las que sucedieron demasiadas cosas.

Nancy siempre se enteraba si había una muestra o algún evento; ella era artista y a mí me gustaba todo aquello que me sacaba un poco de mi rutina. Ella estudiaba en la facultad de artes de la Universidad Nacional, tatuaba, hacía ropa, tocaba el bajo, tenía varias bandas de metal y participaba en todo tipo de eventos, siempre tenía tres compromisos para el mismo día y muchas historias para contar. A veces me sorprendía que fuéramos amigas. Yo era bastante aburrida en comparación, me costaba salir de mi casa y me la pasaba leyendo.

En las distintas habitaciones del hotel había exposiciones de diversos artistas. La primera que vimos fue una que realizaba obras con pelos, tejidos con cabellos humanos, formas vivas que contaban historias pegadas a telas. Los pelos parecían atraparlo todo, como terribles redes que enredaban desde gatitos hasta personas. En la segunda había cadenas con cemento en forma de manos colgando, como si alguien las hubiera cortado y las hubiera dejado ahí como una amenaza. Nancy me decía que todos los artistas estaban obsesionados con las manos y los pies, que nunca hacían orejas o cosas más interesantes.

Cada muestra era un poco más oscura que la anterior: no sé si mi amiga notaba eso, estaba maravillada. En la tercera todo era en blanco y negro, parecían dibujos hechos con puntillismo, en todos ellos alguien se perdía. Gente desesperada buscando la salida en bosques, colectivos y casas abandonadas. En uno aparecían cuatro niños en el fondo de un pozo, todos tenían miedo. Al verlos mi cabeza les puso nombres, se parecían a algunos de mis amigos. En la siguiente habitación te daban una especie de caja abierta para ponerte en la cabeza, tenía un espejo que daba hacia el techo y por una ilusión óptica lo veías como si fuera el piso. Era como atravesar distintos mundos, me daba un poco de vértigo.

Ese día en una de las muestras conocimos a Diego, un artista que trabajaba con resina y hacía objetos: aros, pastillas, calaveras y dagas. Nos contó que vivía con sida y toda su muestra giraba en torno a eso, había algunos poemas sobre la inexistencia de cura y toneladas de pastillas por todos lados. Tenía un cartel enorme que decía hay que hablar de VIH; nos contó que lo había llevado a varios países, entre ellos España y Uruguay. Diego daba un taller que arrancaba la semana siguiente. Estuvimos charlando bastante con él; para Nancy siempre era fácil entablar conversaciones con extraños, te hacía sentir que te conocía desde hace años.

Nos anotamos al curso, constaba de dos clases de varias horas durante el fin de semana. Pensamos que iba a asistir bastante gente, ya que Diego tenía muchos seguidores en las redes y era una persona muy carismática, de esas que te dan ganas de tener cerca.

Durante toda la semana esperé que llegara el día del taller. Era raro, no me solía entusiasmar con tanta facilidad, pero algo de ese lugar me llamaba. Fui hasta la casa de Nancy y caminamos juntas hasta el hotel que se hallaba cerrado. Nos quedamos un rato en la vereda de enfrente fumando. Ella no paraba de hablar, pero yo no la escuchaba, estaba mirando los detalles del edificio y no pude evitar pensar que desentonaba entre los demás. Aunque eran parecidos, no tenía una explicación lógica, era como si fuera una maqueta.

Ver a Diego abrir la puerta me hizo olvidar mis divagaciones y cruzamos para entrar. Para mi asombro, sólo éramos cuatro personas. Diego, Nancy, yo y otro tipo que era bastante particular.  Para llegar hasta el taller de Diego había que cruzar los dos patios internos y un pasillo que giraba sobre sí mismo y parecía no tener fin. Al caminar hacia allí vi una habitación con una puerta en el piso y unos nombres grabados.

El taller era muy pequeño, probablemente fue un cuarto olvidado en otros tiempos o quizá era utilizado como un depósito. En un estante de una esquina había unos diarios viejos que desentonaban con todo el resto de los elementos coloridos de Diego. En el lugar hacía frío; eso seguramente si se tiene en cuenta que no había nadie más ahí. Además, era un edificio viejo, con paredes bastante altas. Aunque parecía que se iban achicando a medida que pasaba el tiempo, el cuarto se sentía cada vez más diminuto, además de que desparramábamos cada vez más cosas; intuía que me iba a costar salir. El primer día trabajamos normalmente. Yo encapsulé una rosa seca y Nancy hizo muchos dinosaurios de colores. El segundo día el otro tipo se fue antes y solamente quedamos en el hotel Diego, Nancy y yo.

Hasta que terminamos de pulir los proyectos y limpiamos el taller se hizo de noche. Todo estaba muy oscuro y silencioso. Yo tenía ganas de irme a mi casa hace tiempo y no quería ayudar a ordenar, sentía que no me correspondía, pero fingí amabilidad porque Nancy empezó a colaborar. Era como un pacto implícito de ayuda entre artistas del que yo me quedaba afuera. Una vez que todo estuvo ordenado salimos de esa habitación. En el pasillo me di cuenta de que el aire estaba un poco viciado, miré a los demás esperando que fruncieran la nariz o algo, pero como no lo hicieron no dije nada.

Cruzamos el pasillo interminable y los dos patios. Estábamos casi saliendo del hotel cuando escuchamos como si golpearan una puerta. Los tres nos miramos rápidamente. En sus ojos pude ver que estaban seguros de lo mismo que yo: el ruido no provenía del exterior, había sido en el entrepiso que da al primer patio interior.

Mi instinto me dijo que me fuera y mi cuerpo se dirigió hasta la puerta. Pero Nancy se quedó quieta y le dijo a Diego que lo acompañaba a ver. Me miró y largó las siguientes palabras: «no lo vamos a dejar solo acá con ese ruido». Supe que no tenía alternativa.

V

Diego fue rápido a una de las habitaciones y buscó una linterna, nos explicó que no había conexión eléctrica en el entrepiso. Comenzamos a subir las escaleras que llegaban a una puerta. Al abrirla se veía un pasillo largo que daba a muchas habitaciones. Alumbramos a la primera y vimos un rostro. Se parecía al de Sandro, pero no lo dije. Nos estábamos muriendo del susto cuando notamos que era un maniquí algo raro. Tenía pintados unos ojos muy grandes que siempre te miraban y una boca pequeña hecha con labial. Alrededor del maniquí había cajas de las que salía ese mismo olor viciado que había sentido antes. Parecían estar llenas de basura. Nancy se adelantó y abrió una. La cerró muy rápido y nos dijo que saliéramos de la habitación. Ya en el pasillo le pregunté qué había adentro y sin mirarme me dijo que nada, que revisemos rápido y nos fuéramos. Tenía miedo. No sé qué pudo ver, pero ella no se acobardaba con facilidad.

La siguiente habitación estaba vacía. Por lo que nos adelantamos a la próxima y entramos. Diego nos señaló restos de velas, sal, algunas plumas y un libro raro. Yo lo agarré porque me gusta inspeccionar los libros. Alguien debió decirme que no lo tocara. En cuanto lo hice empezó a hacer más frío en el lugar. Todos nos dimos cuenta. Diego nos dijo que mejor saliéramos. La puerta se cerró y la linterna dejó de funcionar. Lo raro fue que ninguno de los tres corrió ni gritó. Tratamos de fingir que todo lo que estaba pasando era normal; la puerta seguramente se cerró por una ráfaga de viento, dijo Nancy, y Diego señaló que era curioso que las pilas de la linterna se acabaran tan de golpe.

Me adelanté todavía con el libro en la mano; pensé en abrir la puerta. Pero mis manos se negaron a desprenderse de ese objeto. Mientras más pensaba en soltarlo y abrir la puerta, más fuerte lo agarraban, mis dedos rodearon el libro como si mi vida dependiera de ello. Nancy y Diego dijeron que mejor no abriéramos, que nos quedemos ahí a pasar la noche. Lo que decían no tenía sentido; Diego había sido quien segundos antes sugirió que nos fuéramos. Los dos se sentaron y me miraron. Sus caras no se veían para nada tranquilas. No demostraban lo mismo que el resto de sus cuerpos. Sentía que la desesperación saltaba de sus ojos y me pedía por favor que hiciera algo.

Había pensado en correr, en tumbar la puerta, en gritar para que algún vecino me escuche, en agarrar a Nancy y obligarla a que me siga, en zamarrear a Diego para que reaccione. Pero mi cuerpo no hizo nada de eso. Me senté en un rincón, todavía con el libro en las manos. Entendí que ya no iba a salir, que yo también era como Sandro y como los chicos del colegio. Soy uno más de esos objetos peculiares que están siempre esperando.

Ahora formo parte del hotel.

(*) Escritora cordobesa. Profesora y Licenciada en Letras , egresada de la UCC.

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