por Milan Viscovich
10 de enero 2025
Melancolía no puede ser considerada como una película puramente enmarcada en los cánones del voto de castidad Dogma95. El director danés Lars von Trier, uno de sus fundadores, hizo apostasía de su religión. Si bien la película conserva algunos vestigios del dogma (cámara móvil, luces naturales en algunas escenas, por ejemplo), introduce efectos especiales inaceptables para una producción que pretenda exhibir un sello Dogma95 [1995 fue el año de su creación por los directores Lars von Trier y Thomas Vinterberg, a los cuales se les unirían más tarde otros de origen escandinavo, como Søren Kragh-Jacobsen y Kristian Levring; el grupo se terminaría por disolver en 2005].
Cinta inquietante, nos deja con una sensación de angustia inefable, sin saber exactamente las causas precisas: si por la inminente destrucción de nuestro planeta o por la actitud de los personajes que se mueven como enajenados de su condición humana. Lo cierto es que provoca un estado de ánimo poco propenso a la expansión del espíritu.
Los anti-efectos de luz y sonido en general acompañan heréticamente a un juego abrumador de efectos especiales, secundados por el Preludio y muerte de amor de la ópera Tristán e Isolda de Wagner; a pesar de ello, los aficionados a las películas Dogma95 podrán encontrar en esta obra algunos restos de estética documentalista 16 mm [aunque el director haya usado equipos de alta definición y calidad técnica, alternando la cámara en mano y la toma sobre dolly de alto efecto artístico] que se acerca —sin superarlo— al tono opresivo de Anticristo [2009], alejándose sensiblemente de Rompiendo las olas [1996] y Bailarina en la oscuridad [2000].
La relación de las hermanas, Justine y Claire, se presenta como problemática y en cierta forma casi irreal. Justine es un personaje arbitrariamente construido; pero en esta irrealidad de Justine entendemos el efecto estético-psicológico de su no-ser o de su existencialismo desgarrado llevado a la enésima potencia, que sólo logra dar un giro final de conversión en una cierta humanidad recuperada por vía de lo erótico que la conecta con el Otro y la vida, la que paradójicamente está por perder de modo irremisible.
La trama se desarrolla en un ambiente de clase alta en donde la relación distante con los padres divorciados, de las hermanas entre sí, de Justine y su esposo con el cual están festejando la noche de bodas, el encuentro casual de ésta con el nuevo protegido del jefe, la consumación del himeneo con aquél en lugar de su reciente exesposo es secundaria y de índole sociológica. Lo interesante es el aspecto metafísico del film. A la idea de enajenación absoluta del hombre, Lars von Trier le opone la humanidad rescatada de entre los escombros. Lamentablemente ya es demasiado tarde tanto para Justine como para Clair y su hijo: el final es inminente, y no existe un afuera al cual poder escapar.
Se puede decir, sin exagerar, que von Trier y los representantes del extinto grupo Dogma95 son de alguna manera los herederos, por una parte, de la Nouvelle Vague —con la cual podríamos hacer varias analogías en cuanto al carácter técnico y a la intencionalidad del mensaje—, y por otra, de la lógica influencia espacio-temporal-ideológica del Manifiesto Oberhausen y el Nuevo cine alemán.