por Milan Iván Viscovich
21 de agosto 2026
Dentro de la gran familia de los directores del cine italiano de la segunda mitad del siglo pasado encontramos a no pocas estrellas rutilantes que no dejaron de criticar a la sociedad capitalista en general y al fascismo en particular.
¿Es el fascismo una anormalidad psicológica? Al ver estas películas tengo la sensación de que, o es una desviación, o es la normalidad tapada durante ciertos períodos por una capa de civilización.
Era natural que finalizada la Segunda Guerra se realizaran estos films testimoniales: el fascismo acababa de ser derrotado y los intelectuales y artistas estaban ansiosos por denunciar los crímenes cometidos en las décadas del ´30 y ´40.
Filmarán, con sus matices, el drama producido por el capitalismo y su versión más descarnada: el fascismo. Como cabeza de playa, este se convierte en un adelantado del liberalismo para contrarrestar, principalmente, a las corrientes socialistas. Pero una vez instalado en el poder, el fascismo desconoce a su mentor y fagocita todo lo que tiene a su lado. Lo podemos apreciar en Novecento [Bertolucci], en Roma, ciudad abierta [Rossellini], en Amarcord [Fellini], La caída de los dioses [Visconti], y en Salò [Pasolini]. Vemos, desde diferentes ángulos y con distinta paleta, la mirada que tienen estos directores sobre el fascismo, que puede ir desde un extremo edulcorado, como el caso de Té con Mussolini [Zeffirelli], hasta la dureza despiadada de Salò, El conformista y Novecento.
El cine de estos directores refleja la perversión y un impulso de muerte en el fascismo: lo necrológico y lo sodomita están inscriptos en su genética oscurantista y macabra. Parecía que había sido aniquilado, pero hoy vemos que se encuentra vivo y coleando. Lo podemos comprobar en Estados Unidos y su política supremacista [tanto de los Republicanos como de los Demócratas]; en el sionismo genocida y en cualquier partido de ultraderecha europeo o de América Latina. Posiblemente algún psicólogo nos podrá ilustrar al respecto de la pregunta inicial: si es o no el fascismo una patología. Sospecho que es una enfermedad primitiva; quizás se remonte a miles de años; no lo podemos saber a ciencia cierta. Lo que sí es cierto, y esto lo podemos apreciar en la maravillosa película de Bernardo Bertolucci, es que «el conformista Clerici» padece una falta, un vacío afectivo que está en gran medida relacionado a su madre, a la humillación que padece por parte de sus compañeros de colegio y al intento de violación por parte del chofer de la familia. Estos sucesos provocarán en él fallas estructurales que lo llevarán, de adulto, a abrazar el extremismo de «la manada», de «la horda primordial», que le brindará cierta protección y asimilación; que llenará, aparentemente, con sus ritos sacrificiales, la falta afectiva estructural [la posición del padre, casi nula, es otro punto que hay que tener en cuenta]. La relación desapegada con su joven esposa, que solo entra en sus consideraciones como un medio para un fin determinado: estabilidad y valoración positiva de sus camaradas. Su tortuosa imposibilidad ideológica con la mujer del hombre al que le han ordenado asesinar [que, además, había sido profesor suyo en la Facultad de Humanidades], crimen que por otro lado le repugna, son síntomas reveladores de un trastorno psicológico. Es que, como alguna vez dijo Freud [o quizás Girard], el hombre primitivo estaba muy neurotizado. Seguramente por su incapacidad para poder comprender la realidad y el mundo que lo rodeaba, pero, sobre todo, por su miedo. El miedo es, históricamente, un factor crucial a la hora de parir monstruos.
En cierto sentido, el fascismo no deja de ser un engendro primitivo, temeroso hasta de su sombra. Por ello la gran violencia que despliega. El temor se encuentra en la base de su estructura. También el goce sádico es otra de sus características; es el niño que, sin conciencia cabal de lo que está haciendo, tortura a un animal. Pero el fascista adulto no se conforma solo con animales: también goza torturando humanos.
El cine político italiano de aquella época retrató, a excepción quizás de Fellini y Zeffirelli, los extremos a los que puede llegar un fascista como el personaje de Attila, en Novecento, que después de violar al hijo de unos amigos de la familia Berlinghieri, sus patronos, le estrella la cabeza contra un tabique. Pero «el conformista» no es un fascista de origen, natural, que no pueda ver la realidad, como sus camaradas ciegos; es más bien una subjetividad ansiosa de ser aceptada por el grupo dominante, sea cual sea este.