por Mario Cuomo (*)
29 de noviembre 2025
Hay mucho humo en el ambiente, y el humo a veces diluye las imágenes y no nos deja ver con claridad.
La economía no es la clave de la felicidad, pero marca el ritmo de las sociedades. El capitalismo contemporáneo combina dos dimensiones: la creación de riqueza real —bienes y servicios producidos— y la generación de riqueza virtual, sustentada en expectativas, deuda y valoraciones financieras.
El problema surge cuando confundimos ambas. Mientras la economía real depende del trabajo y la producción, la economía financiera se ha vuelto un juego de símbolos, donde el dinero genera más dinero sin pasar por el ciclo productivo. En este proceso, la acumulación de riqueza se desvincula de la creación de valor.
Muchos gobiernos creen que pueden impulsar el crecimiento simplemente expandiendo la cantidad de dinero. Pero cuando la creación monetaria no se corresponde con un aumento del producto, el resultado suele ser la inflación: más dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes. Sin embargo, esta relación no es automática; depende del nivel de capacidad productiva ociosa, del crédito al consumo y del grado de confianza en la moneda.
La inflación no solo refleja desequilibrios monetarios, sino también la puja distributiva entre los sectores de la economía. Los precios aumentan en brazos de la especulación y la anticipación de quienes no quieren perder su posición relativa en el reparto del ingreso. En Argentina tenemos larga experiencia en esto: desde la década del setenta el país cambió cinco veces su signo monetario y vivió dos hiperinflaciones. La memoria colectiva conserva aún las huellas de esa inestabilidad.
El debate histórico sobre qué genera más valor —si el capital o el trabajo— ha perdido vigencia. En el capitalismo financiero actual, lo decisivo no es quién produce sino quién controla los flujos monetarios. El verdadero poder ya no reside tanto en quienes poseen el capital productivo, sino en quienes tienen la capacidad de crear crédito y determinar hacia dónde se dirige la liquidez global.
No son los gobiernos los que crean dinero «falso»; ellos lo gastan. Quien lo crea es el sistema financiero, mediante el mecanismo de los préstamos y la expansión del crédito. Cada vez que un banco otorga un crédito, genera un asiento electrónico que incrementa el poder adquisitivo del sistema sin respaldo inmediato en bienes o servicios. Es dinero fiduciario, basado en la confianza y la promesa de devolución, pero que puede multiplicarse más rápido que la economía real.
Esta ingeniería financiera ha permitido que el capitalismo continúe expandiéndose más allá de sus límites productivos. El consumo se mantiene, aunque el poder adquisitivo de la mayoría se debilite. El crédito es el motor de una falsa capacidad de consumo que sostiene la ilusión de bienestar. Las tarjetas de crédito son su símbolo más visible: «disfrute ahora y pague después».
Una porción significativa de ese dinero creado no se dirige a la inversión productiva, sino a alimentar las llamadas «burbujas de activos»: mercados financieros que inflan valores sobre valores, concentrando la riqueza en pocas manos. Se trata de dinero que busca reproducirse a sí mismo, sin pasar por el trabajo ni por la producción de bienes útiles. Es una danza especulativa, ajena a las verdaderas necesidades de la economía y de la gente.
Mientras tanto, la inflación erosiona los ingresos fijos, y quienes dependen de salarios o jubilaciones ven cómo sus reivindicaciones llegan siempre tarde. En una economía dominada por la especulación, gana quien tiene más capacidad de imponerse, no quien más produce ni quien más necesita.
Pero no todo depende de fuerzas externas. La ingeniería financiera encuentra eco en nuestros propios deseos insatisfechos. La cultura del consumo masivo nos invita a medir nuestra realización en términos de posesión y gasto. La publicidad idealiza la gratificación inmediata, y nosotros le creemos. De ese modo, contribuimos —aunque sea involuntariamente— a sostener el sistema que nos confunde y nos endeuda.
Gran parte de lo que consumimos son bienes que no necesitamos o que dejan de satisfacernos a poco de adquirirlos, como esos niños que olvidan pronto el juguete que tanto anhelaron. Demandamos más de lo que necesitamos: por eso nos endeudamos, envidiamos y agotamos. Parece utópico, pero lo que realmente necesitamos es mucho menos.
No resolveremos el problema de la inflación reduciendo el consumo individual, porque en economía cuentan las conductas agregadas. Pero sí podemos mejorar nuestra situación personal si aprendemos a vivir con menos: ahorrando gastos, reduciendo el estrés, cuidando el medio ambiente y ganando tiempo para lo que verdaderamente importa. Una filosofía de consumo minimalista puede ser, al menos, un pequeño acto de libertad frente a la lógica del exceso.
«A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota», decía Teresa de Calcuta. Tal vez la claridad que el humo oculta empiece por ahí: en reconocer el valor de cada decisión consciente, por pequeña que sea.
(*) Escritor y Lic. en economía, egresado de la UNC.