por Milan Iván Viscovich
20 de septiembre 2025
El siglo XXI presenta para la humanidad desafíos incomparables con relación a un tema nodal de la esencia humana y la construcción social: la violencia.
Si bien el hecho de esta realidad violenta y sus consecuencias como formas de construcción de cultura es pretérito harto conocido, no está de más refrescar de vez en cuando la memoria a los fines de poder reflexionar sobre este tema tan omnipresente en nuestros días.
La era épica clásica se caracterizó por una alta violencia despojada prácticamente de cualquier valoración o inclinación axiológica en el sentido que le damos hoy en día. Para la cultura greco-romana, el valor superior que representa al héroe es axial y configura toda una ideología guerrera y supremacista. El «hombre bueno», «el hombre valeroso», está configurado por Nietzsche en el campo de «los no prescindibles», determinados como «los auténticos», «los veraces», es decir, en aquella proto-nobleza precapitalista que dominó el mundo antiguo. En este, la figura del Otro solo está inscripta en la conciencia gobernante como el enemigo, el esclavo, la mujer, etc.; o como aquel igual en nobleza, fuerza, riqueza y valor.
A los primeros hay que someter; con los segundos se pueden establecer acuerdos relativos; a los primeros se desprecia, a los segundos se los respeta como iguales. La pregunta moral no es parte de ninguna reflexión sobre el hecho o, a lo sumo, está justificada por la filosofía, como en el caso de Aristóteles.
Esta era de ética supremacista está configurada en parte por una alta apreciación de lo estético, por un lado, y la valoración altamente positiva del papel del héroe trágico por el otro. Este, mitad guerrero y gobernante, combina en su persona la posición dual de rey y víctima propiciatoria a la vez. Es el caso de Edipo Rey. Su personaje es ambivalente y desvela en parte la trama sacrificial y sangrienta de los tiempos mitológicos.
Con la crucifixión de Cristo se abren las puertas a la nueva etapa o era ética, que descubre por completo la trampa de la violencia y logra, por lo menos durante algún tiempo, morigerar y canalizar esa violencia de forma un poco más «positiva», sin poder desarraigarla por completo y en cierto sentido y en algunos casos potenciándola aún más. Sin embargo, no es lo suficientemente profunda la raíz y la violencia negativa (indiscriminada) y «positiva» (sacrificial) vuelven, pasados apenas unos pocos siglos, a resurgir con mayor fuerza alimentadas por los novedosos descubrimientos científicos y adelantos técnicos.
Al entrar la humanidad de lleno en la era de la acumulación de capital, se preanuncia una nueva etapa en la cultura occidental: la era estética.
Esta se caracteriza por una anemia en los valores denominados principistas, los cuales son atacados, paradójicamente, tanto por la derecha (o por lo menos por la derecha neoliberal) como por la izquierda. La idea y prioridad histórica de la esencia con relación a la existencia se decanta por esta última y es trocada por la categoría modal de cambio, el cual implica movimiento, devenir y transformación permanente. A pesar de ello, siempre hay algo que perdura y se mantiene en el subsuelo del piso fenomenológico: la violencia mimética.
Esta violencia, analizada por René Girard*, es connatural a la naturaleza humana y prácticamente inextirpable. La diferencia en esta involución nietzscheana entre la era proto-épica y la heroica con la actual era estética radica, principalmente, en la ausencia de la figura del héroe y en el exacerbado individualismo y hedonismo burgués.
Esta falta de heroicidad, de sacrificio, de arrojo, de comunidad y horizonte produce, en un momento en el cual lo estético cobra una relevancia superlativa, una violencia perpetúa, cada vez mayor y sin sentido alguno. La expiación sacrificial, despojada de su esencia, ya no contiene la violencia maléfica que se expande a través de todas las capas sociales.
La creciente falta de capacidad reflexiva y, sobre todo, la capacidad de conectarse con el Otro de manera constructiva produce una retracción de la conciencia en un «en sí» impotente para procesar los cambios moleculares de la cultura posindustrial. Al no poder lograr esta reflexión, «el sistema de control-iPhone» logra colonizar esta conciencia anémica y laxa sin mayor esfuerzo, dirigiéndola a su antojo y reproduciendo el autocontrol del consumidor indefenso que termina siendo, en «manos del sistema», el más fiel de sus esclavos; pero como contrapartida a este «idílico modo de vida», «el mejor de los mundos posibles», reproduce y trasmite el virus de la violencia, la cual en la mayoría de los caso es solamente simbólica, produciendo en el sujeto afectado angustia, escepticismo, depresión, etc.
La violencia, ya sea física o simbólica, se amplifica en el sistema capitalista posindustrial: es el precio que el sujeto que tiene que pagar por el confort y la «libertad» que supone poseer, cuando en realidad es controlado y determinado permanentemente por un poder que ha adquirido características cuasi religiosas, con la diferencia que no contiene en sí la fuerza y eficacia de las religiones y mitos para conducir la violencia de una manera «positiva» y, que antiguamente producía, por un tiempo más o menos prolongado, cierta paz social.
La cultura de las redes sociales y el permanente bombardeo de los medios masivos insensiblemente coloniza las mentes, sobre todo las más jóvenes, imponiendo un discurso que induce a llevar a cabo determinadas acciones adoptando como propia una forma culturar impuesta desde fuera y sin ninguna o casi ninguna posibilidad de poder contrarrestarla.
El mecanismo de los medios de comunicación justamente apela a ese primitivo ADN incrustado en la conciencia del hombre moderno desde tiempo inmemorial. Utiliza un camino de doble vía: por un lado, excita la competencia (y la violencia con ella), y por otro produce y re-produce un contagio masivo de conductas esperadas. El mundo del marketing y la publicidad, tanto comercial como política, atestigua perfectamente este funcionamiento.
No es de extrañar que justamente disciplinas relacionadas con la sociología y psicología social hayan tenido en EE. UU. un desarrollo prominente. Las técnicas de manejo social se aplican metodológicamente sobre los sujetos consumidores sin importar si el producto que se pretende vender es un bien material o simbólico; el espectro puede oscilar desde un juguete a una ideología; desde el último modelo de celular a un candidato en unas elecciones nacionales.
La trampa de todo esto radica en que el sujeto que produce, direcciona y «disfruta» de los beneficios de esta «ingeniería social» también se ve infectado por su misma creación; consciente o inconscientemente él mismo cae en la red que ha tejido a su alrededor y termina siendo víctima del sistema.
El gesto típico de dar o no un like en Facebook nos demuestra esta lógica mimética de la conciencia. Ya sea que los campos de aprobación, por ejemplo, derechas – izquierdas se encuentren determinados y actúen de manera antagónica, no quiere decir que exista una real capacidad de elección por parte del sujeto. En realidad, las dos posiciones son más parecidas de lo que uno supone a simple vista.
En núcleo central, la violencia, es el que unifica y determina a los dos campos en conflicto. Uno actúa en función del otro como si fuesen espejos. A mayor intensidad de la violencia esgrimida por uno de los factores, mayor será la del otro. El elemento que une a estas dos ideologías es justamente la violencia, la cual puede ser, como ya lo expresamos antes, no sólo física, sino y sobre todo simbólica.
El sistema capitalista es un campo fértil para la actuación de esta violencia mimética, ya que es en sí altamente competitivo; pero no hay que pensar que el sistema es el que produce la violencia, sino que es esta, justamente, la que precede y mantiene al sistema capitalista. Si invirtiésemos los factores, podríamos llegar a pensar que un cambio económico-social anularía la violencia, cuando lo que en realidad haría es transferir esta a otro campo simbólico, por ejemplo, el cultural- político o el deportivo.
Por nuestra parte, esta tesis no supone una apología de la inacción o quietismo de tipo religioso; tampoco la consabida conclusión «del fin de la historia» desde el punto de vista de las ideologías; sino más bien una toma de consciencia del mecanismo actuante en la sociedad que reproduce la violencia y alimenta permanentemente a un capitalismo cada vez más voraz y anárquico.
Si bien la configuración de un sistema de tipo socialista no eliminaría la violencia de manera absoluta y permanente (todas las formas políticas han sido más o menos violentas), sí sería factible que produjese una morigeración y redireccionamiento de la violencia hacia canales simbólicos y fácticos menos nocivos a través de la reconfiguración de la estructura y su superestructura.
La estrategia política y las técnicas sociales para llevar a cabo tales acciones programáticas no podemos conocerlas absolutamente a priori; generalmente estos complejos cambios estructurales encuentran en su propio desarrollo las herramientas adecuadas a los fines de lograr las transformaciones requeridas para alcanzar una mayor igualdad y cooperación social.
* René Girard, La violencia en lo sagrado. Editorial Anagrama.