por Paula C. Dreyer
01 de noviembre 2025
Debo confesar que esperé con mucha expectativa el día del estreno de la película en la plataforma HBO; hasta lo agendé en un papel que pegué sobre la heladera para no olvidarme.
Las imágenes que publicitaban por todos lados me llamaron la atención desde el primer momento, y más la promesa de que iba a disfrutar del «mejor cine de terror que haya visto en años». El hecho de que la historia se basara en la desaparición de 17 niños, en medio de la madrugada, en un pequeño pueblo, era más que un buen plan para cancelar cualquier evento que surgiera el fin de semana.
Me dejé llevar por la fascinación de poder cumplir un rol detectivesco junto a la maestra que «pierde» a toda su clase, menos a uno de sus alumnos: Alex. Iba a develar qué fuerzas paranormales estaban detrás de todo esto. También, me sumergiría más en la historia al reconocer lugares comunes que hacen mi día a día: el colegio, los niños, los padres, etc. Pero a medida que se sucedían los minutos todo iba «desviando» la atención de la gran incógnita: ¿por qué tantos niños habían salido de sus camas a las 02:17 y corrían atraídos hacia la oscuridad?
En el año 2000 quedé encantada con la película Amores perros, de Alejandro González Iñárritu, un cineasta mexicano, que creo que por la cercanía del idioma fue más llevadera; al ver esta película la relacioné inmediatamente en el modo de querer contar los hechos. Haciendo un paralelismo con el director mexicano, Weapons intenta presentar distintas historias que se entrelazan para llegar al final épico, pero no lo consigue, como pasa con el film mexicano, que narra todas las historias desde un accidente automovilístico. El director [estadounidense] Zach Cregger, que dirigió títulos como Miss March (2009) o Barbarian (2022), aburre mostrando demasiado la vida de cada personaje, sus adicciones, cómo se relacionan entre ellos; se nota lo forzado a demostrar «que todos se conocen» en el pequeño pueblo llamado Maybrook. Usar el recurso de cortar la narración con carteles con el nombre del personaje para «avisar» desde qué punto de vista vamos a ver la historia, es algo que ya no sorprende, como lo hacía Quentin Tarantino en Perros de la calle.
Al ver este film, uno siente estar rememorando cuentos de hadas, pero con temáticas para adultos: El Flautista de Hamelín, con los niños arrastrados casi en un estado hipnótico, corriendo de forma extraña hacia las profundidades del «bosque». La casa llamativa de Alex, que nos remite a la bruja del cuento de Hansel y Gretel. La maldad representada casi como el estereotipo brujeril que ya conocemos [no quiero caer en el spoiler] y todos esos condimentos que le quitan fuerza a esa idea inicial de la desaparición de los más inocentes.
Otra cosa que no quiero pasar por alto es la utilización (hasta el cansancio) del recurso de los sueños para explicar o para darle información importante al espectador que, de ahí en más, en un hecho casi mágico, los protagonistas se convierten en una especie de «héroes». Imágenes explícitas y violentas sobre «cómo se deshacen» del problema. Mucha sangre y minutos ocupados con gente en trance que es manipulada a través de una especie de magia vudú perdiendo el control entre gritos y cámaras en mano. Creo que mis expectativas fueron demasiado altas y me deje llevar por la promesa del equipo de marketing de la película. No todo es malo, es una buena historia, pero mal narrada y no hacía falta que durara 2 horas.