por Eduardo Italiano
14 de marzo 2026
Los conflictos bélicos nos llevan a pensar en sus orígenes, en la economía, en la religión, en la libertad, en la diplomacia, en la consecuencia, en el terror, en el exterminio, en la hostilidad, en la muerte, en los trastornos mentales y físicos de posguerra, en la venta de armas, en la defensa, en la «justicia» (legal o ilegal), en las apuestas, en el dominio, en el sometimiento, en los aliados, en los enemigos, en los juegos de la guerra, en el triunfo y la derrota entre otros.
Muchas definiciones sobre la palabra guerra se centran en delinearla como una contienda de gran violencia que involucra una cantidad significativa de personas que lleva aparejada en sus actos la muerte, la mutilación y aberraciones sobre la vida del otro.
En una ocasión escuché mencionar que los enfrentamientos muy violentos en eventos deportivos o partidarios están basados en la percepción del individuo como bajo la denominación partidaria «yo soy» [partido en cuestión], por lo que, si siente que ese partido es amenazado, es él mismo el que percibe en riesgo su existencia, esto genera la incapacidad de tener una visión objetiva, ya que su identidad nunca está verdaderamente en peligro. En cambio, si sustituyera esa palabra «soy» por «simpatizo o participo», esto lo alejaría de la percepción de una potencial amenaza a su ser.
Tal vez se visualicen aquí algunas conductas de la vida cotidiana en las que reaccionamos instintivamente, como cuando vemos algunos insectos o animales que nos generan temor o que ponen en riesgo nuestro patrimonio, procuramos exterminarlos: ya sean las hormigas en el jardín, las cucarachas, las ratas o las plagas en el campo.
Cuando ese sentimiento de temor es generado por otras personas, independientemente de sus motivaciones, procuramos resguardarnos con rejas, alarmas, guardias, barrios cerrados [algunos adquieren armas]; pensando, quizá, en un potencial enfrentamiento en que peligre nuestra vida, etc.
Cuando este temor se convierte en un sentir social se logra llevar a la masa a un enfrentamiento sin límites. Si su sentir es la amenaza de su propia existencia, se enfrentará a los demás pueblos con respuestas similares.
Es en este punto en el que me quiero detener: la causa que genera la violencia, el germen que moviliza al hombre a cometer aberraciones sin límites sobre su misma especie: «el temor y el terror» de perder su existencia. Actuamos de manera similar al dicho: «Cuidado, hasta una rata, si se siente acorralada, puede atacarte».
Tampoco podemos desconocer que estos sentimientos son alentados, en forma directa o no, por técnicas que dirigen y forman la opinión de la masa. Solo para mencionar algunas: los juguetes de nuestros niños suelen ser armas, superhéroes —«te mato pero sigues vivo»—, video juegos llamados estratégicos en los cuales eliminar al contrincante es un destello en la pantalla. En la TV vemos cuando EE.UU. bombardea lanchas de supuestos narcotraficantes y escuchamos las noticias en las que se nos dice que cae una lluvia de misiles de un lado para otro y nos informan que hay dos o tres heridos [y según sea de donde nos llegan esas noticias solo se mueren los otros].
Lejos de ser un juego, una lucha de buenos contra malos, de ángeles contra demonios, es una aberración de dominación y auto exterminio. Pensar que de unos 195 países del mundo 61 se encuentran en conflictos armados, lo que ya es preocupante, y nada cambia de un día para el otro, si como humanidad no visualizamos esta realidad y comenzamos a trabajar unidos confiando en la búsqueda de un bien común, en el camino de una vida sustentable para todos, reordenando los recursos humanos y económicos, y entendernos como un pueblo único con su diversidad de pensamientos, nos estaremos condenando a la extinción.