La cultura de la atomización

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Hoy en día, y desde hace ya cerca de setenta años, se está discutiendo con cierto desasosiego en los ámbitos del pensamiento filosófico y teológico —pero también desde la sociología, la psicología, la política y el mundo del arte— sobre lo que les está sucediendo al hombre y a la humanidad toda. Se ha dado en el siglo XX, sobre todo, y ahora en los comienzos del XXI, lo que podríamos denominar como la «atomización del ser».

por Milan Iván Viscovich

22 de noviembre 2025

Hoy en día, y desde hace ya cerca de setenta años, se está discutiendo con cierto desasosiego en los ámbitos del pensamiento filosófico y teológico —pero también desde la sociología, la psicología, la política y el mundo del arte— sobre lo que les está sucediendo al hombre y a la humanidad toda. Se ha dado en el siglo XX, sobre todo, y ahora en los comienzos del XXI, lo que podríamos denominar como la «atomización del ser».

Cuando allá por fines del siglo XIX Friedrich Nietzsche planteaba la muerte de Dios «¡Nosotros lo hemos matado —vosotros y yo!  —¡Todos nosotros somos sus asesinos! [La ciencia jovial, aforismo 125]» no estaba haciendo mera literatura de ficción a los fines de pasar el tiempo, no…, lo que estaba planteando es ni más ni menos que la desvinculación del hombre con lo trascendental, cortar el «hilo ancestral del ancla que sujetaba a la humanidad con lo numinoso» y, por lo tanto, dejar al hombre completamente huérfano y con la terrible carga de decidir sobre su nueva Libertad. Esta cobra a partir del siglo pasado [en realidad con Kant desde el S. XVIII] una importancia capital: el ser humano va a tener que responsabilizarse por sus propias acciones sin la tutela de lo sagrado.

En el transcurso del siglo XX esta nueva existencia conducirá a una paulatina pero cada vez más consolidada sensación de libertad y, sobre todo, de soledad y de pérdida «de horizonte». Al no necesitar decidir absolutamente en todo, desde su posición completamente subjetiva, individualista y, por cierto, terriblemente solitaria, la atomización de este ser va a ocasionar una licuación del entramado social, volviéndolo más inestable y caprichoso.

El «viejo ser», que hacía las veces de nexo unificador entre los hombres, y determinaba una cierta cantidad de valoraciones y de pautas de conducta sociales que podían ser entendidas como opresoras, es cierto, pero que también le quitaban al ser humano mucho peso de encima, ya que no se veía compelido a decidir en toda acción de vida, produciéndose cierto determinismo (una acogedora comodidad burguesa), será desmantelado y olvidado en el armario de los recuerdos ideológicos.

Por ello, no es de extrañar que se haya dado en los últimos tiempos este fenómeno mundial del triunfo [dentro del esquema democrático] de una neoderecha sui generis*, algo impensable hace treinta o cuarenta años atrás. Esto se debe [hasta ahora solo es una hipótesis] a que las derechas de hoy han entendido perfectamente cómo está funcionando esta atomización del ser y de cómo hay que encauzar (por medio de la violencia simbólica y física) a estas mayorías que reniegan absoluta y paradójicamente de cualquier direccionamiento exterior que les limite su libertad personal. Es la oposición entre un agrupamiento coyuntural-individualista y el ideario de cooperación social comunitaria.

Por supuesto, no perciben [neofascistas, liberales, etc.] que en el fondo sucede todo lo contrario: el efecto no deseado es un mayor control personal y represivo, además del hambre, la miseria, etc. El pathos de la cultura posmoderna se puede apreciar perfectamente en la terrorífica película escandinava, Melancolía**, del director Lars von Trier [uno de los fundadores del grupo de cineastas Dogma95]. En este largometraje [2011] se puede ver la descomunal disolución del ser y una completa enajenación de lo humano en un yoismo nunca visto.

Solo la destrucción inminente de toda la humanidad logra al final restablecer los lazos de comunidad y de empatía hacia el Otro: Justine, justamente la que más se había visto disuelta en esta colosal atomización ontológica, en el desarrollo de la película, y por mediación de una vuelta hacia lo erótico, consigue tomar conciencia de la realidad que solo la inevitable y absolutamente cierta desaparición logra restablecer los lazos de humanidad con su hermana Clair y el hijo de ésta. Lamentablemente es muy tarde.

* Las nuevas derechas se presentan como un sincretismo ideológico, tomando elementos de la vieja derecha clásica (conservadora y creyente), el paganismo fascista y el capitalismo demoliberal. La diferencia entre las viejas y nuevas derechas radica esencialmente en la aceptación o no de la «verdad otológica». Por lo demás, comparten ciertos patrones estético-culturales, como, por ejemplo: la xenofobia, misoginia, homofobia, etc. [Paradójicamente, el capitalismo liberal que se auto percibe como «progresista» reivindica las banderas de la diversidad con propósitos políticos a los fines de desestabilizar gobiernos de tendencia nacionalista y culturalmente conservadores, pero compensatorios en lo económico, manteniendo la estructura capitalista y la exclusión social]. Otra diferencia se da entre la sedimentación historia de la vieja derecha «aristocrática» y la falta de tradición de la nueva derecha advenediza, vulgar y excesivamente ávida de dinero y «brillo mediático». En cualquier caso, y en lo que a nosotros concierne, estas derechas se coaligan como una sola clase para dominar a la clase trabajadora, su natural enemiga histórica.

** Se puede consultar mi artículo Melancolía, de Lars von Trier (2011) en este mismo sitio.