por Nicolas Mazzoni
Transitando por el centro de la ciudad de Córdoba, en la intersección de Marcelo T. de Alvear y Belgrano, un busto silencioso observa hacia el arroyo de la cañada, más precisamente hacia lo que otrora fue el barrio conocido como El Abrojal, actualmente, Barrio Güemes. Los transeúntes pasan sin verlo, sin reconocerlo… Se trata de Gabino Ezeiza, músico y payador argentino. He aquí un breve relato de su historia.
Gabino Ezeiza, cuya voz y guitarra tejieron una leyenda que trascendió fronteras y épocas que luego lo catapultaron como a uno de los más grandes exponentes de la música y la poesía popular argentina, nació en Buenos Aires en el año 1858 – supuestamente el 19 de febrero -, en San Telmo, un antiguo barrio donde vivían personas que habían sido esclavizadas, aunque se discute este último dato sobre el lugar de su nacimiento. Descendiente de africanos, la originalidad de los argentinos no tuvo otra idea que apodarlo “el negro Ezeiza”.
Desde muy joven, Gabino se sintió atraído por la música y la poesía, por lo que comenzó a estudiar guitarra y a componer sus propias canciones. Su maestro fue otro afrodescendiente, “Pancho” Luna. Su voz, rica y expresiva, y su estilo único de tocar la guitarra, pronto lo convirtieron en un payador solicitado en las pulperías y los fogones.
Ezeiza fue uno de los más famosos payadores, tanto en su tierra como en el Uruguay. Sus contrapuntos se hicieron famosos y se recuerda el sostenido el 23 de julio de 1884 en el Teatro Artigas de Montevideo con el cantor oriental Juan de Nava, presenciado por un numeroso auditorio. En tal encuentro Ezeiza improvisó la que sería la popular canción Heroico Paysandú, con la cual derrotó a Nava, convirtiéndose en uno de los payadores más importantes de la historia. El día 23 de julio fue declarado «Día del Payador» en todo el territorio de la República Argentina en honor a ese histórico contrapunto.
Pero Gabino Ezeiza no se contentó con ser sólo un payador entre otros. Tenía una visión más amplia, una pasión por la música y la poesía que lo llevó a recorrer el país compartiendo sus canciones y su arte con la gente común. Y fue en esos viajes, en esas noches alrededor del fogón, donde Gabino Ezeiza se convirtió en un verdadero maestro de la palabra y de la música.
Su repertorio era vasto y variado, y abarcaba desde las tradicionales canciones gauchescas hasta composiciones propias que reflejaban su amor por la naturaleza, la libertad y la justicia. Y fue en esas canciones, en esas palabras y melodías, donde Gabino Ezeiza dejó su huella más profunda en la cultura argentina.
Gardel y Razzano lo conocieron en los comités políticos, en particular por su actuación en los de la Unión Cívica Radical, adhiriendo al movimiento liderado en ese tiempo por Hipólito Yrigoyen, historia que fuera relatada en la película El último payador, cuyo guión fue escrito por el mismo Homero Manzi. A su muerte, aquél dúo cantó en su homenaje Heroico Paysandú, que años después lo llevó a Gardel a grabar un disco. Supongo que no es casualidad que hoy el busto en homenaje a Ezeiza, en Córdoba, está prácticamente al lado del monumento erigido al “zorzal criollo”, sobre el muro que recuerda lo que otrora fue el “calicanto”, muro construido para detener las impetuosas crecidas del arroyo de La cañada.
Pocos meses antes de morir, en el Centenario de la Independencia Argentina (julio de 1916), Gabino Ezeiza se toma, en Justiniano Posse, Provincia de Córdoba, su última fotografía conocida en compañía de Doña Juana Paredes de Quinteros, a la postre también centenaria, y del hijo de ésta, Salvador Quinteros, primer agricultor criollo del sudeste de Córdoba. Se desconocen los motivos exactos de la presencia de Gabino en dicha localidad, un pueblo que por entonces contaba tan sólo cinco años de existencia.
Finalmente, el 12 de octubre del citado año, Gabino Ezeiza fallece dejando tras de sí un legado que trascendió su propia época. Es de notar que el mismo día de su fallecimiento asumió la Presidencia de la Nación Argentina Hipólito Yrigoyen (además de conmemorarse el Día de la Diversidad Cultural y de otras asunciones presidenciales), con el cual Gabino había simpatizado y apoyado políticamente.
Su música y su poesía siguen siendo una fuente de inspiración para generaciones de artistas y músicos, y su figura constituye un símbolo de la pasión y la dedicación al arte; fue un payador, un poeta y un músico que dejó una huella imborrable en la cultura argentina. Su vida y su obra son un testimonio de la pasión y la dedicación por el arte, y su herencia artística una fuente de emulación para todos aquellos que aman la música y la poesía.