El vestido Rojo

Tiempos Literarios -El Vestido Tojo - 2025

por Paula C. Dreyer

Papá había muerto hacía meses, un cáncer de pulmón terminó con él un viernes por la mañana. Junto a mi mamá y a mi hermana, cuatro años menor, no nos acostumbrábamos al silencio a la hora de la cena. Nos faltaban sus chistes inocentes o sus comentarios sobre las comidas que preparaba en su época de soltero y que, por supuesto, eran más sabrosas que las que hacíamos nosotras.

Papá trabajaba todo el día en el campo y llegaba a la tardecita al pueblo, en su Rastrojero oxidado de motor destartalado que, a los pocos días de su ausencia, se nos hacía raro no escuchar a las siete de la tarde. Con el tiempo, intentamos disimular el dolor a esa hora con canciones en la radio o programas de cocina en la televisión.

Los meses pasaban, y las personas que venían a visitarnos dejaron de hacerlo, ya que era la época de la carneada y estaban día y noche haciendo embutidos con sus manos grasosas en medio del campo. Mamá decía que si estuviese papá no tendrían problemas en venir a pedirle plata a cualquier hora, pero, al no encontrarse él, no la llamaban ni aparecían por casa.

Mamá era una mujer fuerte, pero estaba devastada, ya que su vida giraba en torno a papá, con el que llevaban treinta años de casados y, de repente, se encontró envejeciendo sola sin él. Ahogaba su angustia cocinando, y se levantaba temprano para hacer pastafrolas: un día eran de membrillo, otro de batata, y algunas veces de dulce de leche. Eran su especialidad, pero llegó un momento en que estábamos hartas de desayunarlas o merendarlas, y se iban apilando en la mesada de la cocina, terminando por ser la comida de las gallinas que teníamos en el patio.

Poco a poco, nuestra situación económica se volvió desesperante y ya no nos alcanzaba ni para comprar harina o leche, ni siquiera para pan.

Un buen día, en un arrebato, mamá vendió todas las herramientas de papá, incluido el Rastrojero. Repartió sus camisas y pantalones entre los vecinos y quemó las cajas vacías de cigarrillos que fue encontrando por todos lados, y con los pocos pesos que pudo juntar comenzó a comprarse ropa: sacos, polleras, blusas, etc., de distintos colores y diferentes caídas; si en las tiendas del pueblo no había un modelo que le gustara, se iba a otro o le pedía a su amiga modista que le confeccionara algo especial.

Recuerdo que por aquel entonces mi hermana empezó a trabajar en una heladería, mientras que yo me encontraba de vacaciones (en ese tiempo cursaba el bachillerato), así que cuando no repasaba mis apuntes, salía a vender huevos por el barrio para juntar unos pesos. Entre las dos tratábamos de pagar todos los gastos de la casa, mientras mamá insistía en estar a la moda, sobre todo cuando iba a misa los domingos. Además, le gustaba oler bien, por eso los perfumes caros se amontonaban en su mesita de luz. Nadie la culpaba de ser coqueta, pero el pan duro con mate cocido para la cenar ya no era alimento. A todo esto, las cuentas comenzaron a vencerse y el campo de papá no se trabajaba porque no podíamos pagar un peón y sabíamos poco o nada del manejo del arado y todas esas cosas; mientras tanto, la familia y los amigos seguían sin aparecer.

Una noche mamá insistió en que la acompañara a lo de la costurera; accedí de mala gana, ya que teníamos que recorrer siete cuadras por calles de tierra muy poco iluminadas y cerca del camino que lleva al cementerio. Caminábamos casi pegadas. Reconozco que le apretaba el brazo porque no podía disimular el miedo que sentía, y ella se quejaba por lo bajo, pero nunca la solté.

Nací en este pueblo, pero cuando bajaba el sol ya no lo sentía mío. Desconocía las esquinas o a las personas que se sentaban en la vereda en busca de aire fresco, con sus rostros en penumbras que parecían vampiros sacados de las películas de Hollywood. Me aterraban los perros con sus ojos rojos, sin correa y los dientes afilados que cuidaban sus patios, o las comadrejas que, después de gruñirnos, se alejaban corriendo entre los arbustos.

Mamá era tildada por la gente del pueblo como mandona sólo por tener descendencia piamontesa, pero yo la veía como a una guerrera, de esas que no le tienen miedo a nada, de las que se enfrentan a los dragones y con sus huesos preparan el mejor caldo que se puede tomar en las noches de frío; con ella a su lado, me sentía segura.

Llegamos a la casa de la costurera que nos esperaba con la puerta abierta y el televisor sintonizando una telenovela, de esas que les gusta mirar a las mujeres grandes y suspirar por el galancito de veinte años, que apenas sabe decir algunas palabras mirando a cámara. A mí me aburrían, prefería ver los programas de concursos en los cuales se contestan preguntas y se llevaban varios millones de pesos en sus bolsillos.

Respiré aliviada cuando nos hizo pasar al comedor y luego a la habitación en donde trabajaba; en ésta había una pequeña máquina de coser y, sobre ella, un pedazo de tela roja que mamá le hizo comprar. A un costado, sobre una pequeña silla, colgaba el centímetro y una pila de retazos e hilos ordenados por tamaño y color.

Mamá sacó del bolsillo de su blusa un papel mal doblado, con la foto de una modelo flaquísima que llevaba un vestido rojo, pegado al cuerpo. Ella quería verse como la mujer sonriente, pero sus pechos eran mucho más grandes y caídos. No le quedaría ni parecido, pensé.

La modista tomó las medidas de la cintura, de los brazos, de las caderas pronunciadas y marcó con tiza la tela; anotó todo en un cuadernito con tapa marrón y le preguntó a mamá si quería jugar un partido de cartas. Ella ni lo dudó. Las seguí hasta el comedor, y mamá se acomodó en una silla cerca de una pequeña mesa redonda, y mientras alisaba su pollera con las manos, me senté a su lado.

La modista volvió de la cocina cargando una bandeja que apoyó sobre una mesita adornada con un mantel de flores bordadas; en aquélla había dos frascos con tapas de madera llenas de porotos que servían para apostar, unos vasos marrones con hielos, una botella con granadina y otra con vino rosado y, por último, un plato con rodajas de pan dulce con frutas abrillantadas, garrapiñadas y un puñado de maní con chocolate que se derretía por el calor.

Las mujeres sólo bebían vino, mientras el hielo se derretía en mi vaso con jugo rojo. Tenía un poco de hambre (no había desayunado bien), por lo que agarré unos confites que mastiqué como pude, pero como me parecieron amargos, desistí de tragarlos, y cuando ellas no me observaban, los escupí en un pañuelo de tela que llevaba en mi pantalón.

Las mujeres reían a carcajadas cuando lograban hacer «un menos diez», y hacían un escándalo cuando una cantaba «chinchón». Discutían sobre los valores de cada carta, y si eran uno o dos porotos los que correspondían como recompensa. El tiempo pasaba y el cansancio se apoderaba de mí. Traté de fijar la mirada en el péndulo de un reloj cucú que colgaba en un rincón, y casi entro en un estado hipnótico si no fuera porque el pajarito de madera anunció las doce.

Mamá bebió lo que quedaba en su vaso. Ayudó a la anfitriona a levantar todo lo que estaba en la mesa y salimos rumbo a casa, mientras la modista nos saludaba cordialmente cerrando la puerta apenas llegamos a la vereda.

La noche parecía más oscura y los bichos se amontonaban en las luces, creando pequeñas nubes negras que se sostenían del vidrio de las lámparas.

Con mamá caminábamos por el medio de la calle que la luna iluminaba esquivando las huellas de los tractores. No había nadie, sólo nosotras y una lechuza que nos observaba desde lejos, y que al acercarnos levantó vuelo y desapareció entre las copas de los árboles.

Otra vez marchamos casi abrazadas, hablando lo mínimo y necesario: cinco cuadras nos quedaban por delante.

De repente, un viento salido de la nada, le golpeó la espalda, y mamá tambaleó sobre la tierra seca y cayó sobre su pecho, sin poder amortiguar el golpe con las manos. Desesperada, traté de levantarla, pero no pude; algo la sujetaba con fuerza contra el piso.

Sin pensarlo, mamá gritó: «¡Todavía no es tiempo de que me lleves!».

Fue en ese momento cuando mamá se pudo levantar por sí misma. Se sacudió la ropa y dio unos pasos para salir de la huella. La noté adolorida, pero lo trataba de disimular mirando hacia delante, caminando lo más derecha posible, unos pasos adelante de mí, y balbuceando el padrenuestro mientras yo me mantenía callada, hasta que al fin llegamos a casa.

Mi hermana dormía —se levantaba muy temprano para ir a su trabajo—. Apenas entramos, mamá se dejó caer en una silla y me pidió un vaso de agua. Se lo serví y le pregunté si se sentía mejor; asintió con la cabeza, y la dejé sola en la cocina. Esa noche me costó dormir porque la escuché quejarse entre sueños.

A los pocos días, las molestias se hacían cada vez más evidentes. Noté cómo llevaba su mano al pecho tratando de contener algo que la estremecía desde dentro, pero dejaba de hacerlo si se sentía observada. Los remedios caseros ya no funcionaban, así que mi hermana la convenció para ir al único médico que atendía en el pueblo. Al revisarla, notó que uno de sus pechos tenía un color algo azulado y la derivó a un hospital en otro pueblo, con la excusa de que tenían más tecnología. Mamá se resistía al hecho de dejar la casa por unos días. Era una mujer rústica, que amaba su patio, sus flores… hasta su alambrado lleno de chauchas. No le gustaba salir mucho, y menos para pasar horas encerrada en un colectivo.

Antes de viajar, la modista llevó a casa el vestido terminado. Mamá se lo midió y sonreía frente al espejo, acariciando la tela con delicadeza. Se lo sacó con cuidado y lo colgó en la puerta del ropero. Además de pagarle a la modista por su trabajo, en agradecimiento, le regaló un perfume de su colección. Con mi hermana quedamos sorprendidas, porque era uno de los más caros y ni siquiera le había sacado el papel que envolvía la caja.

Mi hermana insistía en que fuera a las consultas con mamá, mientras ella trabajaba. Pero a mí no me engañaba, sabía que quería quedarse sola en la casa para verse con su noviecito.

Una noche, antes de subir al colectivo, organicé mi bolso y el de Mamá. No quería olvidarme de nada, ya que ella andaba como perdida. Guardé lo necesario: una o dos toallas, un toallón, algunos vestidos, y varias bombachas.

Llegó el día de partir; mamá estaba algo fastidiosa. Viajamos de noche y no podíamos dormir, así que hice que el recorrido fuera lo más llevadero posible para ella cebándole mates con menta, como los que le preparaba papá antes de la cena.

A la mañana siguiente, llegamos a nuestro destino y nos fuimos caminando directo al hospital: después buscaríamos donde dormir y comer, eso no era algo que nos preocupara.

Le hicieron varios estudios; tanto el ecografista como el radiólogo, y hasta la enfermera, analizaban los resultados y tardaban minutos en levantar la vista para mirar a mamá con lástima, presagiando que no eran buenas noticias las que íbamos a escuchar.

Los médicos coincidieron en que mamá tenía cáncer de mama y estaba muy avanzado. El golpe de aquella noche había ayudado a que se visualizara el tumor.

Mamá no se sorprendió ante el diagnóstico, sólo saludó amablemente y se puso la ropa detrás de un biombo opaco.

Con los estudios completos emprendimos el regreso a casa. Escondía mi angustia llorando en los baños de las terminales de ómnibus; en cada parada, de pueblo en pueblo, me excusaba diciéndole que tenía que orinar y que siempre el baño del colectivo estaba ocupado. Ella no respondía, sólo se acomodaba en el asiento para ver el paisaje desde la ventanilla; yo volvía a mi asiento con la cara hinchada y los ojos vidriosos, pero ninguna de las dos acotaba nada. Por más que le ofrecí varias veces, no quiso ni el mate ni las galletitas que le compré a un vendedor ambulante que insistía con la oferta.

Llegamos temprano a casa y nos encontramos con mi hermana y su novio en plena cena romántica. Sin contar detalles, nos unimos a la mesa. Mi hermana notó mi preocupación, pero no se enteró de nada hasta que quedamos solas tomando un café en la madrugada. Mamá ya dormía.

Después de contarle lo que pasaba, ninguna de las dos pudimos contener el llanto y nos fuimos al patio a descargarnos. Las gallinas y el gato negro del vecino fueron los únicos testigos.

Esa mañana mamá se levantó de buen humor, y mientras desayunaba se puso a elegir en unas revistas de moda modelos de camisolas para el invierno; había decidido no hacer ningún tratamiento médico, y nosotras, después de varias discusiones, terminamos por aceptar su decisión. Así y todo, una vez a la semana la visitaba una vecina autoproclamada curandera que llegaba con una valijita llena de frasquitos de tinta china y sales de diferentes lugares del mundo, y se encerraban por una hora en el cuarto de mamá. En cuanto a la familia, nadie apareció al enterarse de la noticia.

Mi hermana trataba de convencerse de que los doctores se habían equivocado o que el mamógrafo no funcionaba bien. Ella se cuestionaba todo, quería reclamar para que volvieran a hacerle los estudios. En mi caso, la depresión fue creciendo: no tenía apetito, me irritaba fácilmente, y no podía acompañar a mamá cuando rezaba el Rosario.

Una madrugada, me levanté a buscar un vaso de agua a la cocina; caminaba en puntas de pie, tratando de hacer el menor ruido posible para no despertar a mamá; al pasar cerca de su cuarto, la escuché hablando con alguien. Me acerqué a la puerta y apoyé la cabeza para escuchar, para estar segura de que dormía. Mamá hablaba con alguien:  … «¿pero te parece dejar a las chicas solas?»  —preguntaba ella— … «los ravioles no les salen como a mí».

En ese momento se escuchó un silbido como el de papá cuando llegaba a casa, y después todo quedó en silencio. Di unos golpecitos suaves a la puerta y la abrí. Mamá dormía plácidamente, sólo su rostro iluminado por el velador sobresalía de las sábanas. No quise molestarla, apagué la luz y cerré con cuidado la puerta. Tomé agua y volví a acostarme.

A la mañana temprano, un grito desgarrador de mi hermana me hizo saltar de la cama. La encontré temblando en el pasillo. Su voz se entrecortaba por el llanto mientras señalaba la habitación de mamá. Me asomé desde la puerta y la vi acostada. La llamé varias veces en voz baja pero no respondía. Me acerqué y le tomé la mano, pero estaba helada.

La ambulancia llegó rápido, pero ya no se podía hacer más nada. Según los doctores, hacía horas que había muerto.

Mi hermana contaba, una y otra vez, que la había encontrado con el vestido rojo y los zapatos de Charol, que sólo usaba en ocasiones especiales.

Nunca la iba a saludar antes de irse, pero ese día sintió la necesidad de hacerlo y quedó en shock al notar que no respiraba.

Ahora éramos huérfanas: que información difícil de digerir, pensé.

Decidimos enterrarla con la misma ropa. El velorio no fue tan concurrido, faltaron hasta sus amigas que rezaban la novena en el comedor de casa; pero no las culpo, el clima no fue el mejor para despedirla: ese día llovía y el viento hacía volar todo lo que tocaba.

Los de la funeraria habían hecho un buen trabajo de maquillaje; mamá sonreía como si estuviera presumiendo su vestido. No pude despedirme, sólo la observé. Mi hermana me abrazaba conteniendo el llanto, que por momentos se le escapaba entre los dedos. Tuvimos que pedirles a los amigos de su novio que ayudaran a cargar el cajón. Después de la ceremonia, en el cementerio, el cura se acercó para hablar con nosotras… «el cuerpo deja de existir, pero el amor se vuelve infinito» —dijo para consolarnos—. Mi hermana era la más creyente de las dos, pero ya no estábamos obligadas a rendirle tributo al Dios que nos había abandonado. Le agradecimos su compañía, y lo saludamos con la mano para sellar esa despedida. Los tres sabíamos que no nos íbamos a ver tan seguido como cuando ella vivía.

Caímos en el déjà vu de la ausencia. La casa estaba en silencio, y por respeto ni siquiera prendíamos la televisión.

Pasaron las semanas y volví a estudiar: era mi último año. Viajaba todos los días en colectivo al bachillerato que estaba en un pueblo cercano y volvía haciendo dedo. Mi hermana seguía trabajando en la heladería en la que también vendían café ante la llegada del otoño.

Los fines de semana los dedicábamos a limpiar la casa. Un domingo, pasando el plumero sobre la biblioteca, me llamó la atención un libro de Doña Petrona. Lo abrí y encontré pequeños papeles de colores marcando distintas hojas; en el lugar en que se indicaba la receta de la pastafrola, había uno amarronado que era más grande que los demás, escrito con una letra distinta a la de mamá y que decía «mi amor es tan verdadero que, si muero antes que usted, prometo volver a buscarla, ya que no soportaría un día en la eternidad sin ver su rostro tan angelical». Estaba firmado por… papá.

Debajo, en lápiz negro, había una aclaración: «Usted se me adelantó, pero lo espero con mi vestido rojo». La escritura era reciente, de una mano temblorosa. ¡La firma era de mamá!

Los ojos se me llenaron de lágrimas, y tragué saliva tan fuerte que me raspó la garganta.

Entonces pude entenderlo todo. Aquel viento había sido un abrazo desesperado.