Por Nicolás Mazzoni
29 de agosto 2026
El 12 de agosto de 1929, en los talleres de la firma Miretti y Cía., un grupo de obreros dejó las herramientas y salió a la calle. No tenían forma de saberlo en ese momento, pero acababa de arrancar el conflicto laboral más grande que San Francisco —un pueblo de apenas veinte mil habitantes— iba a conocer.
La historiadora Beatriz Casalis reconstruyó el episodio noventa años después en su investigación El primer Tampierazo, y de paso le puso nombre a algo que hasta entonces se contaba medio mezclado, medio confundido, con otro conflicto que llevaba el mismo apodo: el Tampierazo de 1973. Conviene aclararlo de entrada, porque se presta a confusión: son dos hechos distintos, separados por más de cuarenta años.
El reclamo original era concreto: jornada de ocho horas para los adultos, seis para los menores, reconocimiento del Sindicato de Oficios Varios y mejoras salariales. Nada demasiado exótico para la época. Pero atrás de ese pliego había algo más grande que las paredes de los talleres de Miretti. El sindicato local ya respondía, según cuenta Casalis, a la órbita del Partido Comunista, que bajaba línea desde una escala internacional. Un dato que no es menor: quiere decir que este pueblo del interior cordobés estaba latiendo al mismo ritmo que las huelgas obreras que por esos años sacudían medio mundo.
Y tampoco era casualidad que pasara ahí. San Francisco en 1929 no era ningún pueblo aislado: tres compañías ferroviarias cruzaban su trazado moviendo gente y mercadería hacia todo el país. Los molinos, que eran la industria más fuerte de la zona y estaban ligados al agro, venían creciendo gracias a exenciones impositivas. Circulaba plata, y el sector patronal tenía peso político de verdad: Augusto Boero, uno de los responsables del Molino Meteoro, tenía trato directo con Hipólito Yrigoyen en persona.

El “Primer Tampierazo”
Publicado por CTA Autónoma Córdoba Agosto de 2026
Miretti cedió rápido en casi todos los puntos del pliego. En el que no cedió fue en el que más le dolía: el reconocimiento gremial. Esa negativa fue la que prendió la mecha en el resto de las fábricas. Se sumaron la fideera Tampieri y el Molino Meteoro —hoy Carlos Boero Romano— y lo que había arrancado como un conflicto puntual terminó estirándose cinco meses, hasta fin de año.
Hoy cuesta imaginarse a San Francisco, con sus calles tranquilas, con manifestaciones de mil quinientas personas marchando dos veces por día. Pero pasó. La plazoleta del ferrocarril Central Córdoba —donde hoy está la sede provincial— se volvió el punto de encuentro de siempre: mítines, discursos, panfletos, boicots, todo ahí nomás del Banco Nación y de la puerta de las fábricas.
Casalis marca algo que llama la atención: buena parte de la sociedad sanfrancisqueña acompañó la protesta, sencillamente porque le parecían justos los reclamos, sobre todo el de limitar las horas de trabajo de mujeres y chicos, que también estaban empleados en esas fábricas. Hubo comerciantes que quemaron en público las libretas donde anotaban las deudas de los huelguistas, que ya no tenían con qué pagarlas. Un gesto simbólico, pero también bien concreto: sacarle un peso de encima a gente que hacía meses no cobraba sueldo.
La prensa siguió el conflicto de cerca. La Voz de San Justo lo cubrió día a día y llegó a reproducir el pliego de condiciones completo en sus páginas. Diarios provinciales como Córdoba mandaron corresponsales, y de esa cobertura quedó un registro fotográfico que todavía hoy sirve para reconstruir aquellas semanas.
El clima, mientras tanto, se iba tensando. Las empresas pidieron protección policial y el gobierno provincial mandó un escuadrón de seguridad. Obreros movilizados, patronal que no daba el brazo a torcer, fuerzas de seguridad en la calle: los ingredientes ya estaban servidos.

Obreros de la firma Miretti y Cía. durante la época de la huelga. Foto: Archivo Gráfico. El Periódico.
Todo estalló el 21 de noviembre. En medio de una huelga general, los manifestantes chocaron con la fuerza de seguridad sobre lo que hoy es el bulevar Juan B. Justo, a metros del Molino Meteoro. Cuando terminó, habían muerto dos policías y tres obreros. Entre ellos, Herminia Vanegas, una chica de catorce años que hacía poco había entrado a trabajar en la fábrica Tampieri. Su entierro se convirtió en una manifestación multitudinaria: se calcula que fueron unas cinco mil personas, es decir, uno de cada cuatro habitantes de la ciudad.
Después de ese día, el conflicto en el Molino empezó a bajar. Se terminaron concediendo las mejoras que se pedían, aunque —y esto Casalis lo marca con cuidado— no se presentó como una conquista sindical, sino como un gesto de «buena voluntad del patrón», algo típico de una época donde el paternalismo todavía definía las relaciones laborales. Hubo detenciones de dirigentes obreros. En la fideera Tampieri, en cambio, la cosa se extendió hasta diciembre.
El escuadrón de seguridad se quedó en la ciudad incluso después de que las protestas se apagaran, y tuvo su propio final, bastante turbio: a fin de año, en una pelea interna que no tenía nada que ver con el conflicto obrero, murieron el jefe Juan T. Garay y el agente Julián Ochoa. Un cierre confuso para un año que ya venía cargado.
El Molino Boero y los talleres Miretti siguen en pie hoy, casi cien años después, en el mismo lugar donde arrancó todo. Da para pensar que, al caminar por esas cuadras, uno pisa sin darse cuenta las huellas de aquella huelga que le costó la vida a cinco personas y que tuvo en vilo durante cinco meses a las principales industrias de la ciudad.
La fideera Tampieri iba a volver a ser escenario de un conflicto obrero importante en los años setenta —el Tampierazo más conocido, el que por contraste le da el apellido al de 1929—, pero esa es otra historia, con otro contexto y otros protagonistas.
Lo que queda de 1929 es, sobre todo, un recordatorio de que la jornada de ocho horas, los límites a la explotación infantil o el reconocimiento sindical no llegaron por decreto ni por buena voluntad de nadie. Llegaron porque hace casi cien años, un grupo de personas en un pueblo del interior cordobés decidió que ya era suficiente.
* Basado en la investigación de Beatriz Casalis, autora de «El primer Tampierazo», y en la nota publicada por La Voz de San Justo el 15 de agosto de 2019, por Manuel Montali.