El lobo del hombre

Ilustración: Flavia Sanches
Homo homini lupus es una locución latina de uso actual que significa “el hombre es el lobo del hombre” o “el hombre es un lobo para el hombre”. Según Wikipedia, se cita con frecuencia cuando se hace referencia al origen individual, egoísta y violento del hombre.

por Mario Cuomo (*)

25 de octubre 2025

Homo homini lupus es una locución latina de uso actual que significa «el hombre es el lobo del hombre» o «el hombre es un lobo para el hombre». Según Wikipedia, se cita con frecuencia cuando se hace referencia al origen individual, egoísta y violento del hombre.

El filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) dice, entre otras reflexiones, que somos seres descontentos que vivimos en un perpetuo estado de deseo. Agrega que no existe en el hombre un estado de reposo, ya que no hay objeto que pueda otorgarle plena felicidad. Su bienestar consiste en continuar deseando, lo que explica su ambición por obtener poder para aplacar su avidez.

Hobbes infiere que esto se debe a la naturaleza del ser humano, que necesita acumular riquezas y someter a otros hombres para asegurarse el goce de sus placeres.

En un artículo de La voz del Interior del corriente año, se informa que en el mundo hay actualmente no menos de unos 50 millones de personas que viven en estado de esclavitud.

Según el mencionado periódico el Índice Global de Esclavitud incluye el trabajo forzado, el matrimonio forzado, la servidumbre por deuda y la explotación sexual, como así también la venta y la explotación de niños.

Salvando las diferencias, podríamos agregar a esta lista, en un nivel mucho más leve por supuesto, a quiénes están atados diariamente a una rutina que los hace infelices, a un presupuesto insuficiente o directamente están en la indigencia.

Pero allí no terminan los niveles de sometimiento. Los avances en las tecnologías de ingeniería social, haciendo uso de modernas metodologías de captación y convencimiento, permiten que algunos sectores de poder conspiren para controlar nuestras voluntades y lograr también cierto grado de cautividad aun en quienes nos consideramos «libres».

No es una cautividad física, no les hace falta, dado que solo les interesa controlar nuestras mentes y no nuestros cuerpos, y para ello nos necesitan enfocados en asuntos que no nos permitan ser demasiado reflexivos, ni tener capacidad de desentrañar cuestiones que pueden ser críticas para ellos. Esto se lleva a cabo operando a través de los medios de comunicación para lograr los niveles más bajos posibles en nuestras emociones, es decir, mantener a una buena parte de la humanidad estresada, preocupada, insegura, enojada y carente.

El método es simple, se trata de iluminar nuestras pantallas mentales con cientos de impresiones armadas para hacernos ver solo una trama dramática.

Hábilmente utilizan los medios de difusión, aun los que se dicen independientes, para hacernos adherir o rechazar argumentos que creemos propios. Pocas veces comprendemos que los medios ya no son objetivos, que los políticos ya no creen en la democracia, y que gran parte de lo que nos dicen es falso.

En ese momento no lo sabemos, pero nuestras vidas enteras están abocadas en la prosecución de intereses de decenas de personas que no solamente no conocemos, sino que es probable que nunca sepamos de ellos.

Necesitan controlar nuestras acciones, pensamientos y deseos; básicamente para que sigamos siendo rehenes de los políticos para que los votemos, de las corporaciones para que seamos consumidores, de los laboratorios para mantenernos enfermos, de los sectores financieros para que permanezcamos en una eterna deuda, de los gobiernos para que creamos que persiguen el bien común; pero principalmente, por lo que antes pusimos de manifiesto a través del pensamiento de Thomas Hobbes.

Son seres descontentos que viven en un perpetuo estado de deseo, un deseo que se traduce en codiciar cada vez más poder y riqueza como instrumento.

Lo cierto es que este mundo no funciona sin esclavos.

Pero este afán de dominio tiene varias capas y no solo debe identificarse con el ejercido por los que profesan el poder político a nivel de las naciones.

Como muchos saben, hay grupos reducidos de personas que operan a nivel mundial. Se trata de un sector mínimo no mayor a un 1% de la población, pero en conjunto tienen más recursos, patrimonio y riqueza que el 99% restante.

Hoy los imperios no son ni Estados Unidos ni China ni nada de lo que se nos dice en esos medios de comunicación. Los verdaderos imperios son las corporaciones trasnacionales que entre otras cosas son los propietarios de todos medios de comunicación importantes.

Esa élite controla el mundo a través de un sistema socioeconómico global. Es fácil deducir que quienes teóricamente están a cargo de muchos gobiernos son solo marionetas al servicio de los que mandan de verdad. Para esta élite somos como ganado.

Estamos lejos de participar de un mundo donde el principal capital sean las virtudes espirituales ejercidas por personas con un alto nivel de conciencia, que les impulse a operar con compasión y altruismo, honestidad y solidaridad por sobre sus limitaciones humanas. Es decir, hay pocos Mandelas o Gandhis en los estamentos dominantes.

Una parte de la culpa también es nuestra, ya que muchas veces los seres humanos le tenemos miedo a la libertad, porque no sabemos qué hacer con ella.

En algunos casos también solemos caer en la comodidad de estar atados permanentemente a un pensamiento único en lo ideológico, cayendo repetidas veces en lo que se puede considerar como el culto al ídolo.

No obstante, siempre hay un «Camino de Santiago» que se puede comenzar a transitar.

Las tradiciones místicas afirman que, si deseamos cambiar al mundo y a nosotros mismos, debemos hacer el viaje hacia el origen, hacia adentro, y re-examinar quiénes somos, porque lo que sí está a nuestro alcance es volver a un estado de reconexión con nuestra esencia, allí donde habitan las verdaderas prioridades del alma, haciendo que todo este ruido mundanal pase a segundo plano.

No es muy difícil reflexionar que debemos entender, en un nivel no solo teórico, que tener mucho dinero no nos va a hacer felices, tener mucho poder tampoco; solamente nos va a ayudar a saciar momentáneamente esa sed de deseos sin fin y sin solución de la que habla Hobbes.

Poco podemos hacer para cambiar el orden de las cosas de este mundo, pero al menos, a nivel individual, tomando como base las palabras de San Francisco de Asís, deberíamos asumir que en realidad necesitamos poco y lo poco que necesitamos lo necesitamos poco.

(*) Escritor y Lic. en economía, egresado de la UNC.