El ego de los limones

Ilustración: Kneksooli
Había una vez un huerto en el que existían dos limoneros. Ambos se distinguían por tener personalidades diametralmente opuestas.

por Mario Cuomo (*)

13 de diciembre 2025

Había una vez un huerto en el que existían dos limoneros. Ambos se distinguían por tener personalidades diametralmente opuestas.

Uno de ellos se esmeraba en ofrecer generosamente los mejores y más jugosos frutos. Sus ramas se inclinaban bajo el peso de limones dorados y perfumados, y sus semillas viajaban lejos, dando vida a nuevos árboles. Su existencia estaba llena de propósito, y su tronco, aunque retorcido por los años, se sentía fuerte y orgulloso de su legado.

El otro limonero, en cambio, vivía atormentado. Frente a él se alzaba un majestuoso naranjo cuyas ramas rebosaban de frutos dulces y brillantes. La sola visión de aquel árbol lo llenaba de envidia y frustración. Se preguntaba por qué su destino era ofrecer limones amargos y no naranjas suculentas. Su savia se llenó de resentimiento, y en su angustia dejó de florecer.

Pasaron los años, y mientras el primer limonero seguía regalando su abundancia al mundo, el segundo se consumía en su insatisfacción. Sus ramas se secaron, sus raíces dejaron de aferrarse con fuerza a la tierra, y sus hojas se volvieron quebradizas como su propio espíritu.

Así pasaron los años, hasta que una primavera el hortelano, cansado del limonero estéril, lo cortó y en su lugar plantó un hermoso naranjo.

A veces pasamos por la vida sin dar frutos por querer ser lo que no somos, cuando la verdadera grandeza radica en aceptar nuestra naturaleza y dar lo mejor de nosotros mismos.

La clave está en descubrir si soy un limonero o un naranjo y obrar en consecuencia.

(*) Escritor y Lic. en economía, egresado de la UNC.