[El presente artículo fue publicado por La Corneja Negra el pasado 24 de marzo, y cedido gentilmente a Tiempos Literarios para su publicación].
por Milan Iván Viscovich
13 de diciembre 2025
«¿Cuánta sensibilidad se necesita para crear un medidor de estrellas fugaces? ¿Cuántas ideas para futuros personajes surgen de mirar como el látex recubre una pierna de un maniquí mientras se inventa una media irrompible? ¿Cuántas injusticias se deben vivir para escribir sobre el “lado b” de las cosas? ¿Cuánta sabiduría se necesita para capturar el desencanto urbano y hacerlo una obra maestra sin escuchar las críticas de «los grandes pensadores»? Todo eso fue Arlt, y como diría Cerati en una de sus canciones: «sacar belleza de este caos es virtud». Roberto Arlt logró hacerlo, por eso se mantiene vigente siendo el periodista y escritor que supo cambiar las reglas del juego a tiempo».
Paula C. Dreyer
Tratar de comprender la literatura de Roberto Arlt es tratar de comprender la vida en sus aspectos más duros o, si se quiere, de vivir la vida real y no la ficción creada por ciertas corrientes literarias burguesas que desprecian ese tono popular de la prosa arltiana.
Es que Arlt es un hombre del pueblo; fundido en el crisol del barrio porteño y del mundo obrero. Desempeñó trabajos tan duros como los que se podían llegar a realizar en el puerto de Buenos Aires a principios del siglo XX en donde, si no fuese por una pequeña diferencia de tiempo, se podría haber cruzado con Eugene O’ Neill en los grises prostíbulos de la noche solitaria. Roberto Arlt es un artista de aguafuertes, de fotografías de la vida cotidiana, del quehacer obrero y de la vida política de los años de la década infame: es el espectador directo, el que no tiembla ni se pone pálido ante el fusilamiento de Severino di Giovanni.
Sus relatos y novelas son una mezcla de ficción y de testimonio periodístico. Es la profesión que, después de intentar distintos oficios, desarrollará con maestría durante su corta vida. Es esa condición de periodista, pero sobre todo de periodista obrero, la que aporta a la obra de Arlt una renovación en la literatura nacional. Su estilo evoca el artículo apurado de las redacciones de los diarios del Río de la Plata; el trajín de las rotativas y de las ediciones de la tarde; es la nueva forma de escribir, la que tiempo después retomarán otros, de ese legado del escritor de ascendencia alemana; son los escritores testimoniales de los años 50 y 60 que, como Rodolfo Walsh, dejarán impresa en la memoria popular y nacional la masacre de José León Suárez.
La palabra de Roberto Arlt en el prefacio a Los lanzallamas (1) es contundente: «Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana».
Pero Arlt no es sólo un narrador de la vida del pueblo, es un filósofo salido del pueblo; filósofo en el más alto sentido de la palabra: podría ser Camus. Su literatura es una premonición del absurdismo del pensador argelino-francés y del existencialismo de Jean-Paul. Sus personajes se debaten en el existir cotidiano y no encuentran el sentido a esta vida en la cual se ven arrojados sin miramientos y en la que sólo hallan soledad y unas migajas de amor recogidas del suelo.
El transcurrir de la existencia es aburrimiento y sin sentido; en boca del Astrólogo, «la civilización se ha particularizado de hacer del cuerpo el fin, en vez del medio, y tanto lo han hecho fin, que el hombre siente su cuerpo y el dolor de su cuerpo, que es el aburrimiento».
Arlt responde a la crítica de su tiempo y a aquellos «intelectuales cultos» que lo denuestan por su prosa dura con palabras directas… «En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches».
Roberto Arlt abre el camino a la nueva literatura argentina y a los nuevos escritores que, como Cortázar, Sábato o Leopoldo Marechal, cambiarán radicalmente la fisonomía de las letras vernáculas. Será una literatura vigorosa y viril que, en palabras del autor de El juguete rabioso y Los siete locos, reclama su impostergable derecho a la existencia y su rebeldía hacia el sistema imperante; como nos dice Arlt, «El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”».
(1) Los Lanzallamas, los libros del mirasol, 1968.