por Milan Iván Viscovich
19 de octubre 2025
Ahora, a principios del siglo XXI, resulta poco menos que extraño encontrar escritores comprometidos con ideales de cualquier tipo que sean, sobre todo si esos ideales se refieren a la fe católica. Resulta extraño, por no decir exótico, hallar literatura filosófica o filosofía en clave literaria orientada a desentrañar los grandes misterios de la humanidad y el universo utilizando las categorías de la vieja filosofía; sin embargo, si uno mira un poco hacia atrás, podrá comprobar que no hace mucho más de noventa años coexistieron en Europa, prácticamente al mismo tiempo, tres autores de talla mundial —dos ingleses y un francés—, que compartían una fe común: la católica. Nos referimos a Gilbert Keith Chesterton, a Graham Greene y a François Mauriac.
Por supuesto que estos tres autores no fueron los únicos intelectuales y escritores que, además de su profesión, profesaron el cristianismo. Hubo otros que pertenecían a la Iglesia Anglicana [la mayoría de los escritores ingleses]; otros fueron protestantes, caso de Lajos Ziláhy (escritor húngaro del siglo XX). Goethe también pertenecía a la Iglesia reformada, como la mayoría de los escritores y filósofos alemanes y escandinavos. En Rusia, hasta el advenimiento del comunismo, la mayoría de los escritores, poetas e intelectuales profesaron la fe ortodoxa; algunos, como el conde León Tolstoi y F. M. Dostoyevski, se convirtieron poco menos que en verdaderos místicos al final de sus vidas. Gogol, ortodoxo en su juventud, antes de su muerte se convirtió al catolicismo.
Aquí en nuestra tierra podemos, sin excluir a otros, citar el ejemplo de Leopoldo Marechal que, según cuenta la leyenda, llegó incluso a levitar.
Todos estos hombres poseyeron una clara vocación hacia la verdad, los problemas morales y sociales; la búsqueda del hombre y su relación con lo trascendente: Dios.
Chesterton no nació dentro del seno de la Iglesia católica, sino de la anglicana. Se volvió hacia aquella en su madurez cuando ya contaba con una reputación de artista y escritor de cierta importancia. Sus meditaciones filosóficas y teológicas lo impulsaron a convertirse (también gracias a sus charlas con un sacerdote irlandés amigo suyo [creo recordar que se trataba del padre O´Brien, con quien se hizo bautizar]).
Mientras estudiaba literatura en la Universidad de Londres —a la par que cursaba bellas artes en una de las escuelas más prestigiosas de dicha metrópoli—, el joven Chesterton daba sus primeros pasos como escritor, crítico literario y editor [a decir verdad, ya había, durante sus estudios de secundaria, incursionado en el mundo periodístico].
La obra de Chesterton es ingente, abarca incluso la historia de la literatura. En este campo realizó una obra crítica muy importante sobre la producción literaria de su compatriota Charles Dickens. Pero fue sobre todo en el género policial en donde desplegará toda su filosofía cristiana y católica, con la creación de un personaje diminuto, gordito y de cara bondadosa: el padre Brown.
Este curita, que a primera vista parece no entender nada de nada, es uno de los detectives más agudos de Europa. Deambula por casi todo el continente y las islas británicas solucionando los casos más intrincados, aquellos que ni siquiera Scotland Yard puede resolver. Pero más allá de sus capacidades detectivescas, lo que cuenta en el padre Brown es su ansia inquebrantable y constante de redimir a los pecadores, es decir, en este caso, a los criminales. Lo que impulsa al padre Brown no es el deseo de descubrir y castigar a los delincuentes, no: es su afán de salvar almas. Tan es así, que a la mayoría de ellos los deja libres después de haberlos confesado y ver su verdadero arrepentimiento. [Muy dostoyevskiano].
Por lo menos esta es la lectura directa sobre la obra de Chesterton, la versión ideologizada. La otra mirada, la materialista, desvela el significado subterráneo. Gramsci dijo en sus «lettere dal carcere», al respecto de Chesterton, que la verdadera intención de este era atacar al protestantismo en general y al anglicanismo en particular.
Graham Greene, por otro lado, es un autor de los que se conoce en literatura como duros; es de un catolicismo viril y generoso, en cuyas novelas se percibe un dejo de policial negro. Esto mismo sucede también con François Mauriac [premio Nobel 1952], quizás por ser más contemporáneos, sólo que en el caso de Mauriac no vemos tantas excentricidades literarias, si se nos permite la expresión, como en el caso de Greene.
Mauriac es un escritor prácticamente costumbrista, y si no fuera por el hecho de que en sus obras subyace, casi imperceptible, la cuestión de los grandes problemas morales y religiosos que afectan a todos los seres humanos se hubiera quedado solamente en aquel folklorismo de la vida de campo (el de la región de las Landas de su infancia). La literatura del escritor francés es escatológica y terrena a la vez, se encuentra arraigada, como buena literatura burguesa, a la economía de la tierra y los dramas mezquinos; es una literatura más que realista, es netamente naturalista, al estilo de Emile Zola.
Graham Greene es un autor, al igual que los otros dos, sumamente prolífico. Escribió incluso guiones para la pantalla grande, como El tercer hombre, película que no desmerece a la novela y en cuyo reparto figuran actores de la talla de Orson Wells. Los problemas morales y existenciales de entreguerras saltan a la vista, se encuentran en la superficie, por así decir; lo que la vuelve también una obra un tanto frívola. Pero Greene lo sabía muy bien y lo confiesa abiertamente.
No, no es en esta obrita, ni en ninguna otra, en donde Graham Greene alcanzará la fama mundial como escritor. El poder y la gloria, novela cumbre del autor británico, es un canto desesperado por alcanzar la salvación; es el profundo dilema que se le plantea al hombre, a todos los seres humanos, y en especial a los que han tomado los hábitos: el problema prácticamente insuperable del bien y del mal.
Ambientada durante el período posterior a la revolución mexicana [1910 – 1917], el que fuera agente del MI6 crea una atmósfera en la cual se pueden sentir el sofocante calor y los olores del alcohol, del sexo y el tabaco; la atmósfera recreada por Greene es tan realista que lo hace transpirar a uno. El personaje principal es un sacerdote prófugo que no quiso aceptar las condiciones de la Ley Calles que les imponían los posrevolucionarios a los sacerdotes (la obligación a casarse, por ejemplo).
Este «cura alcohólico», a pesar de su negativa, no es un santo, en absoluto, es un gran pecador y él muy bien lo sabe, y por ello sufre el infierno en vida; sus sufrimientos son más bien de índole moral que material. Pero Dios, en su inmensa sabiduría, lo reserva para el final en donde es más fuerte el poder de la Gracia que infusiona el alma y logra salvarla a último momento.
Representantes de una literatura prácticamente extinta, estos tres autores dejaron, compartamos o no su pensamiento, una huella indeleble en el capítulo de la historia de la literatura. A su manera, cada uno de ellos trató de buscar en lo recóndito del ser humano, entre sus miserias y grandezas, entre sus luces y sombras, aquella verdad que tantos otros se esforzaron en hallar antes que ellos y otros siguen persiguiendo sin poder alcanzar, dejándonos una perturbadora inquietud al respecto: ¿qué es el ser humano?